Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay problemas que comienzan como una simple molestia para los vecinos y terminan convirtiéndose en un asunto de seguridad pública.
Eso es precisamente lo que está ocurriendo, según habitantes de la zona de La Marina, entre Coatepec y Xico, donde nuevamente ha cobrado fuerza la extracción de arena y el constante tránsito de camiones materialistas.
Los vecinos hablan de una excavación de varias hectáreas, ubicada detrás del centro recreativo Agualegre, que desde hace años ha sido objeto de explotación. Señalan que actualmente los camiones comienzan a circular desde las ocho de la mañana y continúan hasta aproximadamente las seis de la tarde.
Pero el verdadero motivo de preocupación está unos metros más adelante: el puente de La Marina.
De acuerdo con los testimonios recabados, existe un dictamen técnico de Protección Civil que habría advertido sobre las condiciones de fragilidad de la estructura. Sin embargo, los habitantes aseguran que los camiones continúan utilizando el puente para sacar el material.
Y aquí aparece un dato que no debería pasar desapercibido.
Una publicación periodística de agosto de 2010 ya daba cuenta de que el Puente La Marina había sido considerado por Protección Civil como no apto para soportar vehículos de más de tres toneladas, mientras que camiones materialistas utilizaban esa ruta para transportar arena procedente de una mina localizada en Úrsulo Galván, municipio de Xico.
Han pasado 16 años.
Y la pregunta inevitable es: ¿qué se ha hecho desde entonces?
Los habitantes sostienen que actualmente pasan más de diez camiones diarios. También aseguran que el cerro presenta una excavación considerable y que el deterioro puede observarse incluso desde puntos elevados de la zona.
Hay además versiones sobre un supuesto acuerdo mediante el cual el propietario del arenal se habría comprometido a realizar trabajos de reparación en el camino y el puente para mantener el paso de los camiones.
Ese punto, desde luego, requiere documentos, nombres, permisos y explicaciones oficiales, que hay que transparentar cuándo y a cambio de qué se dieron.
Lo mismo ocurre con otro señalamiento delicado: vecinos aseguran que la explotación estuvo detenida en años anteriores por falta de permisos y que recientemente se habría reactivado de manera considerable. Si existen autorizaciones actuales, sería importante conocerlas.
Porque aquí no se trata de estar a favor o en contra de que alguien explote legalmente un banco de materiales.
Con razón todos quieren ser presidentes municipales, no tanto para resolver los problemas de los habitantes, sino para poder autorizar jugosos permisos.
Se trata de algo mucho más elemental: si hay permisos, que se enseñen; si hay estudios técnicos, que se conozcan; si el puente puede soportar el tránsito pesado, que se diga públicamente; y si no puede soportarlo, que se actúe antes de que ocurra una desgracia.
El antecedente de 2010 demuestra que la advertencia sobre el puente no es nueva.
Lo que sí sería nuevo -y verdaderamente grave- sería esperar a que la estructura falle para entonces descubrir que todos sabían del problema.
Pancho López, el filósofo xalapeño ateniense, lo resumiría de esta manera:
“Los puentes no se caen por leer los dictámenes; se caen cuando nadie les hace caso.”







