
Regreso a clases como en muchos otros años los padres de familia andan apurados con las inscripciones, compra de útiles escolares y uniformes. Pero en mis 40 años de servicio docente, es la primera vez que escucho las opiniones tan disímbolas del uso de los dispositivos móviles en los menores y particularmente en las escuelas.
Hace poco conocí un caso en que el abuelo fue a reclamar el teléfono de su nieta, a un colegio privado, se lo habían quitado porque la jovencita de secundaria chateaba en clase. La maestra se lo pidió y a regañadientes la estudiante lo entregó. A la salida, en lugar de ir por el celular acusó a la profesora. Muy molesto el consentidor abuelo reclamó a todos a quienes se encontró a su paso en la escuela, hasta llegar con el director que sorprendido no daba crédito. Escuchó la queja, solicitó el aparato, llamó a la instructora, mostró el reglamentó para subrayar que su “tesorito” había infringido la normatividad escolar, misma que los padres firmaron para su inscripción. Le devolvieron el dichoso teléfono, como parte del procedimiento, pero fue imposible calmar al encabritado quejoso, que continuó manoteando, gritando y amenazando con demandar al colegio.
Según me platican este tipo de escenas es recurrente, niños sobreprotegidos, padres que ven en las escuelas guarderías para sus vástagos y no instituciones que forman hombres y mujeres.
Todo esto viene a colación, cuando leo los periódicos, escuchó en la radio y televisión sobre la discusión de la presencia de celulares en los planteles de educación básica de México. Un debate que pasó del pasillo escolar a la agenda pública.
Con más de 150 millones de líneas celulares activas en el país, el mundo digital envuelve a todos. Ante el avance de iniciativas locales y pronunciamientos normativos por parte de la Secretaría de Educación Pública (SEP) e instancias legislativas, la comunidad escolar se enfrenta a un dilema complejo: ¿Es la restricción del dispositivo la respuesta a la pérdida de atención, o se trata de una medida restrictiva que desaprovecha la oportunidad de enseñar competencias digitales en un mundo interconectado?
Nosotros platicamos con algunos maestros y maestras de Coatepec al respecto. Por un lado, docentes perciben una lucha cotidiana por mantener el enfoque en la enseñanza frente al estímulo constante de las redes sociales y el entretenimiento bajo demanda. Están a favor del uso para ciertas tareas supervisadas. Subrayan su importancia como herramienta en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
A esta preocupación se suman especialistas en neurodesarrollo y psicología, quienes advierten sobre los efectos severos en la capacidad de concentración, la tolerancia a la frustración y la salud mental de los menores. Es decir, les ponen una espantosa “X”.
En contraste, diversos sectores de padres de familia perciben al aparato como un instrumento de seguridad indispensable para mantener el contacto en los trayectos hacia la escuela, mientras que pedagogos y tecnólogos argumentan que el veto total elude la responsabilidad institucional de educar en el uso ético de las herramientas modernas.
El enfoque con estos maestros es para menores, pero tal vez podemos ver el futuro de esos jovencitos. Veamos un hecho de actualidad que refleja la tensión entre la educación mediada por la tecnología y la evaluación del rendimiento académico no es teórica; sus consecuencias operativas ya son visibles.
Ocurrió recientemente con el proceso de admisión a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la modalidad en línea tuvo que ser anulada y reprogramada de forma presencial tras detectarse presuntas irregularidades y sospechas de filtraciones mediante dispositivos informáticos.
Cuando el examen se ejecutó físicamente bajo estrictos filtros de control, las aulas registraron que 22 mil no fueron al examen. ¿Dudaron de su capacidad, para aprobar la prueba selectiva?
Lo cual pudiera ser una muestra de dependencia, dejando al descubierto la fragilidad de los esquemas digitales cuando carecen de supervisión presencial. Pueden generar una invitación a la trampa.
La duda que surge es: ¿qué tipo de alumnos estamos formando?, ¿personas incapaces de pensar y decidir por sí mismos? Hombres y mujeres dependientes. ¿Qué estamos haciendo los maestros?, qué no podemos provocar en ellos el gusto por el saber. Desarrollar cualidades y habilidades que les permitan conocerse a si mismos para entender el mundo y su entorno, respetando las normas de convivencia social.
Otro ejemplo, en plataformas como TikTok, Instagram o YouTube, exhiben métodos para burlar exámenes orales o escritos en la educación a distancia utilizando inteligencia artificial en tiempo real. Estos hechos evidencian que la tecnología no solo transforma el acceso a la información, sino que tensiona las estructuras tradicionales de evaluación y exigencia académica.
El debate que hoy se vive en las escuelas mexicanas no es simplemente una elección entre prohibir o permitir un aparato en la mochila. Representa una reflexión profunda sobre cómo el sistema educativo garantizará la atención, el desarrollo cognitivo y la honestidad académica de las nuevas generaciones, sin aislar a las aulas de la realidad tecnológica que define la sociedad contemporánea.
Todo un reto para que el magisterio no quede en el pasado, cuando los niños son expertos en los dispositivos, pero sin obtener todos los beneficios que representan sin caer en la dependencia.
Semanas después le pregunté al director: ¿Qué pasó con el abuelo y su niña adicta al teléfono? – Fácil, ya no le permitimos reinscribirse, respondió.
Por hoy hasta aquí.
Que voy a poner saldo unos 20 pesitos.







