EL FRACASO DE LAS IZQUIERDAS

Pedro Peñaloza
“Mientras luchan por separado, son vencidos juntos”.
Tácito
Las recientes y sucesivas derrotas de los gobiernos “progresistas” en nuestra región exigen respuestas y reflexiones que superen los lugares comunes. Un primer elemento para el abordaje es el saldo social que han dejado los gobiernos de “izquierda”, con sus matices, en los últimos años.
Es decir, ¿qué ha pasado con la desigualdad y la concentración del ingreso? La respuesta no es alentadora: los ricos son más ricos y los pobres sobreviven con migajas asistencialistas. Aquel discurso justiciero que llevó al poder a los “adalides de la igualdad” se diluyó en pretextos baladíes.
Otro elemento es la creciente corrupción que invadió los circuitos de los gobiernos emergentes. El “purismo” de personeros del “progresismo” compitió con sus antecesores capitalistas. Un tercer elemento es la evidente incapacidad para resolver el problema de las violencias y la inseguridad, Incluso, ha estado presente la alianza de los gobiernos con la criminalidad organizada.
Por supuesto, un cuarto elemento es el intenso activismo que ha desarrollado Trump para apoyar a corrientes conservadoras o, de plano, de extrema derecha. Sin olvidar que una gran cuota de la derrota de las izquierdas son los intentos de imitación de los modelos de los gobiernos de Chávez-Maduro y la dictadura cubana, que evidencian el fracaso del castrismo latinoamericano, con excepción de Gabriel Boric, anterior presidente de Chile.
El electorado dio un giro ante el incumplimiento de las promesas. La gravedad de esta mutación electoral implicó un salto hacia los extremos que se tradujo en la simpatía por políticas de mano dura, el impulso al individualismo y la reducción de la intervención estatal.
Por ello, el florecimiento de Bukele en El Salvador, Milei en Argentina, Kast en Chile, Laura Fernández en Costa Rica y, recientemente, Abelardo de la Espriella en Colombia son ejemplos del desencanto de amplias franjas de las comunidades frente a las políticas de ese llamado “socialismo del siglo XXI”, el cual desperdició una oportunidad histórica.
No puede escapar del análisis el caso mexicano, donde gobierna el “neoliberalismo social”, como lo calificó Adolfo Gilly. Aquí, la alianza morenismo-narcotráfico, el militarismo, el reparto de aspirinas sociales y el apoyo a los ultrarricos son los pilares de la dominación política y social.
La permanencia en el poder de esta cacocracia (del griego kakós, el gobierno de los peores) no es eterna. Se requiere urgentemente de una alternativa que dé un paso disruptivo en las urnas, enarbolando la bandera de la equidad social y la democracia incluyente. Ese es el pequeño gran desafío. No se trata de realizar acciones voluntaristas, sino de plantear opciones realistas y no sectarias.