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EL HECHIZO DE UN PUEBLO

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ARS SCRIBENDI

Rafael Rojas Colorado

rafaelrojascolorado@yahoo.com.mx

 

A COATEPEC

La noche va recogiendo sus sombras para dar paso a la luz diurna que va develando la fisonomía del pueblo. Poco a poco fluye el trajín, la gente va y viene de todas direcciones.

Muchos turistas han terminado su estancia en la ciudad y se dispone a marcharse, mientras otros, apenas comienzan su recorrido. Entre estos grupos de vacacionistas, algunos se distinguen porque gustan pasar desapercibidos, incluso parecen confundirse con los naturales del pueblo. Deambulan cómodos, no requieren de equipaje. Se les ve plácidos por la calle paladeando el aroma provinciano, admirando la artesanal herrería que engalana las ventanas que se regocijan en las viejas casonas, aspira el olor a tiempo que humedece los tejados y las torres de las iglesias donde anidan las palomas.

Este tipo de turistas con agudeza visual y un espíritu abierto, está dispuesto a llevarse las mejores imágenes de esta provincia, va de un lugar hacia otro penetrando incluso en la espesura de la vegetación. Disfruta el placer de relajarse en la alameda, escucha el soplo del viento, atestigua como el aire revolotea las hojas que se desprenden de los árboles. Alguna sensación le acompaña cuando mira el ramillete de globos rozar el suelo y luego pandearse hacia todos lados como buenos equilibristas, así se los ordena el viento.

El singular turista decide por una fotografía, que mejor locación que en las letras que rezan Coatepec, de fondo el templo más antiguo del lugar. No se abstiene de saborear una nieve; dialogar con el nevero frente a su carrito es como una ventana por la que puede mirar ese pueblo que tal parece que el tiempo lo olvidó, el mismo que legó a los niños de aquel ayer la felicidad del yoyo, el balero, las canicas, hacer silbar la chicharra al compás del viento y la interminable velocidad. Por esa razón perdura su apacibilidad. Los elotes le llaman la atención y ordena uno con mayonesa y picante, lo disfruta de tal manera que despierta dentro de sí mismo ese niño que jamás se ha marchado del todo.

Se lustra los zapatos, escucha de la voz del betunero aquellas historias que nunca llegan a las columnas periodísticas, se hace amigos de ellos, les promete que algún día regresará. Se dirige al mercado, lugar de aromas, olores y pregones donde no falta la cocina tradicional y almuerza salsa con huevo, al medio día será caldo de pollo y por la noche tamales rancheros, su paladar queda satisfecho.

Un día cualquiera transita por el centro histórico, la mañana es fresca, el viento sopla suave, se siente relajado y nuevamente el gusto infantil se hace presente al ver a través del cristal de una vitrina la gama de dulces regionales, por ejemplo: el jamoncillo, las cocadas, los merengues se notan tentadores, de diversos colores las figuritas de azúcar, finalmente decide por un camote, lo va degustando por la acera de los restaurantes, camina pausado y admira el talento del artesano en las figurillas del cafeto. Al poco andar descubre un romántico espacio donde más tarde tomará un café mientras escribirá las experiencias de su paseo.

Cuando este visitante se marche al lugar del que procede, seguramente se llevará en lo más hondo de su ser la imagen de una provincia en la que, aún prevalece el hechizo de un apacible pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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