“EL REGIONAL, NUESTRO PODER… LA VERDAD”

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Por Jennifer Rodríguez Pacheco

Mi tío abuelo, Rubén Monzón Polanco, me ha concedido escribir en este espacio, así que me presento con esta nota inaugural, tributo a él y a su trayectoria periodística de más de cincuenta años. Ante ello, me dispongo a reflexionar sobre el propio lema del periódico: “Nuestro poder… la verdad”. Esto me lleva a asumir que uno de los principales motivos que ha mantenido a El Regional en vanguardia se debe, justamente, a este compromiso: defender que la verdad no solo es enunciarla, sino decirla con criterio.

Así que ahora, a mí -por herencia, si es que se me permite decirlo de manera figurada-, me corresponde defender la verdad. Sin embargo, me parece prudente comenzar reflexionando acerca de este lema, no solo en los límites periodísticos, sino con una mirada más profunda acerca de aquello que denominamos “verdad”, y también desde la pregunta: ¿cuál es esa necesidad de hacer un compromiso con su búsqueda? 

La búsqueda de la verdad resulta ser algo tan natural al ser humano: deseamos conocer, y uno de los sentidos privilegiados para esto es la vista, decía Aristóteles. En términos lógicos, se pone de manifiesto la llamada verdad por correspondencia, es decir, lo evidente: la relación entre lo que se dice y el hecho que es observado. Un ejemplo simple sería ver el pasto y afirmar que es verde.  Este juicio donde excluye situaciones atípicas; como decir que el pasto no es verde porque es temporada de sequía, lo cual implica saber que existen épocas del año con escasez de lluvia, lo que hace que el pasto pierda su vitalidad. A este juicio pueden añadirse explicaciones más complejas, como la que ofrece la ciencia, que expone datos que requieren conocimientos específicos. Estas últimas implican capacidades intelectuales adicionales, es decir, una verdad mediada; en cambio, el primer ejemplo, ofrece una verdad inmediata a través de los sentidos. 

El periodismo no es una tarea simple. Implica capacidades que van más allá de la mera observación de los hechos. No solo da cuenta de lo que ocurre de manera inmediata, sino que también exige formular juicios a partir de ello. Por esta razón, resulta importante distinguir entre lo que se opina y verdaderamente se sabe, es decir, entre opinión y conocimiento. 

Una característica de los juicios es que estos pueden categorizarse como verdaderos o falsos, y buenos o malos. Los primeros pertenecen al ámbito lógico, y se refiere a su valor material; los segundos al ámbito éticos, cuyo valor es trascendental. Quiero enfatizar aquí un punto importante: utilizó una disyunción -o- y no una conjunción -y-. Decir que algo es bueno y malo, o verdadero y falso al mismo tiempo, vuelve al juicio ambiguo y la verdad pierde sentido, lo cual representa un obstáculo para poder informar si no se realizan estas distinciones.

Hasta aquí, podría parecer que me he detenido únicamente en una concepción rigurosa y lógica de la verdad. Sin embargo, la verdad que interesa al periodismo no se agota en criterios técnicos ni en una comprensión superficial de los hechos. Por ello, me permitiré explorar los hechos desde una mirada filosófica: una mirada que interroga, que busca comprender la realidad y que asume los riesgos de incomodar. Porque querer encontrar la verdad, en su sentido más profundo, no implica solo hacer una captura fotográfica del hecho, sino pensar lo que se muestra y asumir la responsabilidad de lo que se dice, ofreciendo al lector un resultado que ha pasado por el filtro de la interpretación y que aspira a la objetividad de la verdad de la realidad.

Así, la verdad no se impone como un poder autoritario, sino como un acto de responsabilidad. En un mundo plagado de relatividades y fake news, el conocimiento fundado críticamente funciona como una brújula. Mi compromiso en este espacio será este: no conformarme con la superficie de un hecho y entregar al lector solo información vacía, sino escribir con claridad y pensamiento. Bajo esta premisa, asumo con la esencia de este periódico: la verdad.