EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO POLÍTICO DE LA 4T
El Regional Coatepec 19 de septiembre de 2025
EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO POLÍTICO DE LA 4T
¿Se han dado cuenta
de que el llamado “Segundo Piso” de la Cuarta Transformación comienza a
parecerse demasiado a aquello que juró combatir? Basta ver los templetes, las
conferencias, los logotipos y la propaganda: el guinda de Morena, ese color que
pretendía diferenciar a un movimiento de los “viejos partidos”, se desvanece.
Ahora domina el blanco, y ya nada más falta que le agreguen el rojo y el verde
para completar la escenografía priista que tanto despreciaron. El discurso de
ruptura se diluye, y la puesta en escena recuerda cada vez más a los rituales
del sistema que decían haber enterrado.
No es exageración,
es una transformación de imagen cargada de simbolismo. En política, los colores
y la estética nunca son casuales. El escenario blanco, pulcro, neutral, busca
transmitir institucionalidad y gobierno “para todos”, como si el guinda
resultara demasiado partidista para sostener el nuevo proyecto presidencial. La
paradoja es que, en ese viraje cromático, la 4T se aproxima a las formas del
viejo PRI, al que acusó durante años de hegemonía y manipulación simbólica. La
metamorfosis huele más a síndrome de Estocolmo que a convicción ideológica.
El término no es
gratuito. El síndrome de Estocolmo describe el fenómeno en que la víctima
termina adoptando los gestos, valores o códigos del victimario. ¿No es eso lo
que estamos viendo? Una izquierda que se dice renovadora, pero que adopta los
modos de la política que criticó con saña: culto a la personalidad, propaganda
masiva, uniformidad estética y un aparato de comunicación cada vez más
centralizado.
La historia mexicana
no carece de ejemplos. En Veracruz, por citar un caso, se construyó desde
tiempos de Fidel Herrera una filosofía política llamada “La Fidelidad”. Herrera
la presentó como una manera de pensar, no como dogma, ni principio inamovible,
sino como una “actitud de servicio permanente”. Más allá del envoltorio
discursivo, la Fidelidad terminó siendo un sello de grupo, un modo de cohesión
política y de administración pública que permitió modificar planes de
desarrollo “en mejora continua” y mantener un círculo de lealtades férreas.
El propio Fidel
Herrera presumía que esa “estructura abierta” había permitido índices de
aprobación superiores al 90% y logros fiscales de gran impacto, como aumentos
del 51.9% en el impuesto sobre nóminas y 42% en la tenencia. Pero detrás de las
cifras, lo importante era el método: centralizar el poder, mantener un círculo
de confianza compacto y vender la idea de un proyecto flexible, adaptable, que
se legitimaba no por instituciones sólidas, sino por el liderazgo carismático
del gobernador.
¿No es lo mismo que
estamos presenciando ahora con el Segundo Piso de la 4T? La narrativa de cambio
se ha transformado en un discurso de continuidad maquillado. La promesa de
acabar con los vicios del pasado se diluye en un esquema que recicla viejas
prácticas con nuevos nombres. La “Fidelidad” se viste hoy de “Transformación”,
pero en el fondo responde a la misma lógica: un grupo compacto de operadores,
jóvenes formados en ciencia política y administración pública, que diseñan
planes de desarrollo maleables, siempre justificando ajustes como parte de una
“mejora continua”.
El problema no es la
flexibilidad en sí —porque un plan de gobierno debe ajustarse a la realidad—,
sino la simulación. El relato oficial convierte la improvisación en virtud, el
pragmatismo en filosofía y la lealtad en sustituto de la institucionalidad.
Así, lo que debería ser una política de Estado termina reducida a una
estrategia de grupo.
El cambio de
colores, de símbolos y de retórica no es trivial. Representa un viraje hacia la
institucionalización de un movimiento que decía ser antisistémico. El riesgo es
que la ciudadanía, acostumbrada ya al hartazgo de décadas de simulación,
identifique en estas prácticas no un avance, sino una regresión. La 4T corre el
peligro de convertirse en lo que más criticó: un aparato que normaliza el poder
centralizado, que repite los rituales del viejo PRI y que administra el
desencanto como si fuera legitimidad.
La memoria histórica
debería servirnos de advertencia. Cada vez que un proyecto político ha
pretendido reinventar el país con símbolos y discursos novedosos, termina
cediendo a las inercias del sistema que juraba combatir. La “Fidelidad” de
Herrera, el “Solidarismo” de Salinas, el “Cambio” de Fox, todos compartieron la
misma trayectoria: un arranque disruptivo y un desenlace adaptado a las viejas
formas del poder.
Por eso el ciudadano
no debe quedarse en la contemplación estética del guinda que se transforma en
blanco, sino preguntarse qué hay detrás de ese maquillaje. ¿Un gobierno que
verdaderamente se abre al pluralismo y a la inclusión? ¿O un movimiento que,
atrapado en el síndrome de Estocolmo, se mimetiza con los ritos del poder que
prometió derrumbar?
La respuesta aún
está en construcción, pero el indicio es claro: cuando un gobierno adopta las
formas del pasado, corre el riesgo de repetir también sus errores. La
transformación, para ser verdadera, no puede ser solo de discurso ni de color.
Necesita ser de fondo: de instituciones, de prácticas, de rendición de cuentas.
De lo contrario, la historia volverá a repetirse como farsa, pintada de blanco,
con guinda en los márgenes, y con el eco del viejo PRI rondando los pasillos
del poder.