Ciudad de México 28 septiembre 2026.- A Mario Montalbetti le preguntaron alguna vez, en una conferencia, para quién escribía. El poeta peruano respondió que le gustaría que lo leyeran William Shakespeare y César Vallejo. No porque los imaginara sentados leyéndolo, aclaró de inmediato, sino porque para él ambos eran el lenguaje.
Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) hace suya la anécdota para explicar algo que, dice, nunca había sabido responder cuando le preguntan si piensa en sus lectores.
“Yo a quien le escribo es el lenguaje”, asegura. “Creo que la literatura que tiene una poética está escrita al lenguaje. Nos estamos peleando con el lenguaje al mismo tiempo que le escribimos. Estamos buscando decir algo que resuene en el lenguaje”.
Esa relación atraviesa En lengua privada (Penguin Random House), un libro de relatos que adopta las formas del ensayo, la crónica y el diario de lecturas, y en el que el autor de El cielo árido, Las tierras arrasadas y Los vivos conversa con escritores a los que vuelve una y otra vez, de Juan José Saer a J. M. Coetzee, de Virginia Woolf a Raúl Zurita.
Plumas “capaces de rasgar el tejido del lenguaje” y cuyos textos “son huellas digitales”, escribe.
Monge comenzó a escribir estos textos hace 5 o 6 años, en los periodos entre una novela y otra, cuando la escritura deja de ordenar sus días.
“Cuando estoy sin proyecto empiezo a extraviarme, emocionalmente, en todos los sentidos, intelectualmente”, cuenta.
El plan original era un libro de ensayos sobre literatura, pero los textos cambiaron de naturaleza en el camino. Al punto de que la ficción llegó a comerse lo que había nacido como ensayo.
“La literatura híbrida crece a partir del fracaso. Cada fracaso de una ficción o cada fracaso de una no ficción enriquece el territorio de lo híbrido”, formula.
El título guarda una clave que Monge encuentra en Saer. Según recuerda, el autor argentino polemizó en las páginas de El País con el peruano Mario Vargas Llosa, quien sostenía que no se puede hacer literatura con un compromiso político.
Saer, dice Monge, le respondió que el compromiso no está en el tema sino en el lenguaje.
“Uno tiene que tener el compromiso de escribir siempre con un lenguaje diferente al del poder”, explica. “Esto lo hacemos todos los escritores y todas las escritoras, consciente o inconscientemente, incluso quien cree que no lo hace. Cuando te sientas a escribir estás gestando un lenguaje privado, un lenguaje propio, diferente al lenguaje del uso común, que es el lenguaje del poder”.
Para Monge, ese lenguaje tiene que renacer en cada texto.
“Esta búsqueda de un lenguaje diferente en cada texto es lo que me ha permitido seguir escribiendo”.
Es también, dice, lo único que comparten los autores que desfilan por el libro: una relación muy personal con el lenguaje.
Saer aparece además de otro modo. En uno de los relatos, el yo narrador recuerda que El limonero real y Una literatura sin atributos fueron los últimos libros que le regaló un tío, una figura decisiva en su formación.
“No es casual”, advierte. La historia de esa relación está contada a través de lo que leía entonces, que eran precisamente esos libros. “Son libros a los que he vuelto muchas veces. El limonero real me parece, quizás, uno de los mejores libros escritos en nuestra lengua”.
La influencia llega hasta la prosa. En algunos pasajes, reconoce, hay una escritura que se parece más a la de Saer que a cualquier otra cosa que haya escrito.
La idea de una literatura sin atributos le sirve también para pensar las etiquetas que suelen acompañarlo, como la de escritor de la violencia.
“No se trata de arrancarle una etiqueta a alguien, sino de demostrar que hay muchas más etiquetas. No es tanto renunciar a una etiqueta como decir: ‘Me podrían etiquetar 20 cosas más’”.
En lengua privada es, admite, su libro más personal. “Hay una voluntariedad, por primera vez, de decir: ‘Soy yo’”.
Incluso No contar todo y Justo antes del final, que parecían autobiográficos, los ve ahora de otra forma.
“Ahora entendí que no son autobiográficos, son biográficos de un padre y de una madre, que son los míos”.
Para construir ese yo, Monge buscó su propia voz en el tiempo. Quería que fuera, dice, un “yo de la memoria”. Si un relato trata de algo que le ocurrió hace 5 años, el ejercicio era recordar cómo sonaba entonces, o hace 15, porque la voz cambia con los años.
Evoca un pasaje del personaje de Elizabeth Costello, el alter ego femenino de Coetzee, a quien en una discusión con otros escritores le reprochan no tener una ética, y ella responde que tiene varias: todas las de sus narradores y personajes.
“No cruzamos la vida con una sola ética. Varias de esas éticas vienen de nuestras lecturas. Se puede ser de Tolstói y de Dostoievski”, refiere. “Eso también quería que fuera muy evidente en el libro”.
Le interesa el vínculo entre memoria e imaginación, que en su opinión se parece al que existe entre ficción y no ficción.
“Un recuerdo sólo lo puedes recordar una vez, porque la siguiente vez recuerdas el recuerdo del suceso. Cada vez que recuerdas te vas alejando del suceso y se va deformando”, explica. “Cada uno recuerda de la manera que necesita para que su presente se sostenga”.
Para Monge, el lenguaje es lo que separa la memoria de la imaginación.
“La única frontera que hay es el lenguaje. Es el lenguaje el que nos permite recordar y el que nos permite imaginar. Sin lenguaje no hay memoria y no hay imaginación”.
Es también lo que nos distingue como humanidad.
“Nuestra especie estaba de algún modo condenada al presente, como todos los animales. El lenguaje es el que nos permite viajar en el tiempo, ir al pasado o imaginar el futuro”.
Pero ese rescate tiene otra cara, la que el libro llama “enfermedad del lenguaje”.
“El lenguaje nos utiliza para reproducirse”, sostiene. Lo primero que damos a nuestros hijos, y lo único que realmente les damos, es el lenguaje. “Somos un vehículo del lenguaje”.
Y él, admite, se contagió. “Peor que los demás”.
De niño, recuerda, tuvo muchas enfermedades, encerrado en un cuarto veía jugar a los demás por la ventana. “A mí me contaron qué era jugar”. Entró pues al mundo a través de la narración.
Monge duda en hablar de una poética propia. “Me da vergüenza decir que existe tal cosa como una poética mía”, confiesa.
Aun así, a lo largo de la conversación la describe con precisión: escribirle al lenguaje, buscar uno distinto en cada texto, no hacerse concesiones…
Aunque no se siente capaz de escribir poesía -porque necesita muchas páginas para llegar a una sentencia-, el libro está lleno de versos ajenos.
“La única manera que encontré de acercarme a la poesía fue ésta”.
Suscribe las ideas del noruego Jon Fosse respecto a que la poesía no es un género sino algo que está presente en el arte y la literatura en general. Una gran novela, una película o una pintura poderosa tienen poesía, y que esa “poética” es lo que convierte a una creación en una obra honesta y verdadera.
Conoce también el límite de su oficio. “Es terrible cuando llegas a ese momento en el que te das cuenta de que no alcanza el lenguaje. Hay una parte de lo que quieres decir que no hay manera de decirlo”.
Ahí, dice, encontró algo que no esperaba. “Como buen agnóstico me pasé la vida diciendo que era ridículo creer en Dios. Pero después te das cuenta de que lo que te genera la contemplación de un cuadro de Bacon no lo puedes explicar. Hay una cosa que está y que es un misterio. El misterio existe y está en el arte”.








