Especial

En el Kiosko

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La una de la tarde, en el kiosko del parque central, Magno Manuel Montes Córdoba, buen conversador, inicia la plática. Departe recuerdos de su juventud. Con lentitud enciende el Marlboro y de una bocanada humea el entorno. A nadie molesta, al contrario, uno de los presentes lo imita. Evoca la fecha que parte de Coatepec y arriba a la ciudad de México para alcanzar el pan de cada día. Buen bohemio, buen cantante, platica que en sus años dorados,  le llamó mucho la atención relacionarse con los intérpretes de boleros que se anunciaban en las marquesinas de los cabarés, que, sin impedimento frecuentaba. El salario devengado se lo permitía. Hace una pausa, da otra bocanada al cigarrillo, sorba el café y con la mirada perdida recuerda que hoy es el aniversario de la muerte de Pepe Jara, uno de sus cantantes favoritos, y con ese tema reinicia su plática.

 

Al mejor intérprete de Álvaro Carrillo (así lo considera Magno), por un repentino mareo lo llevan al hospital. Treinta días antes le atendieron un derrame cerebral que, aunado a la diabetes, Pepe Jara se encontraba otra vez, en estado grave. Galenos, enfermeras y todo el personal del nosocomio trabajaban para salvarle la vida, pero el 30 de julio de 2005, el tamaulipeco, al que le apodaban El Trovador Solitario, acudió a la cita con la muerte.

 

Los presentes, no perdemos detalle a tan amena charla y Magno Manuel prosigue: Esa noche, en el velorio, los amigos que acudieron a acompañar a los familiares del cantante, comentaron que éste había nacido en Ciudad Madero, siendo niño su madre lo llevó a Chihuahua. También aclaraban que su padre fue un famoso nómada revolucionario. Magno no da detalles y le pregunto si sería Heriberto Jara, no lo sé, contesta, pero creo que no, o lo más seguro es que quién sabe. Suelta contagiante carcajada. 

           

Pepe llegó al DF en 1947 o 1948, prosigue Magno Manuel, entró cuando el bolero romántico estaba en su apogeo. Lo contrató Antonio Pérez Meza para integrarse al trío Culiacán, que, más tarde se convirtió en el trío Los Duendes, integrado por Gilberto Saucillo y el propio Antonio Pérez Meza, hermano menor de Luis, el mismo que cantaba que el barzón se le había reventado y la yunta seguía andando. Otro cigarro y otro café para seguir comentando que, Enrique Quezada, primera voz de Los Diamantes, Enrique Cáceres, primera voz de los Tecolines, Panchos y Sombras, Pepe Olarte, de Los Delfines, Gilberto Peinado, de los Jaibos, Lalo Ayala y Rolando Morlet, de los Santos, con aplausos, requintos y voces, despidieron al compañero, al amigo, a Pepe, el Trovador Solitario. Todos estamos atentos y Manuel exclama: ¡Asu madre! Son casi las tres, tengo que ir por el pollo y mi periódico. Recoge los cigarros y se despide con un a’i nos vemos ca’ones. Nadie observa por donde se va, sale en busca de su coche que, no se acuerda dónde lo estacionó.

 

Amigos, lo decían las abuelas: «Vivimos entre dos nadas… nada al nacer, nada al morir”. Oración para mi amigo Magno Manuel, decimero por excelencia e intérprete de buenos boleros, a un año y tres meses de su partida, donde quiera que se encuentre.

 

¡Ánimo ingao..!

 

Con el respeto de siempre Julio Contreras Díaz

 

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