FILOSOFIA PARA HORIZONTAL
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El capitalismo triunfó. Logró que le fuéramos fieles. Aprendimos a pensar bajo su lógica, a medir el valor por nuestra productividad y a responsabilizarnos por completo de nuestros éxitos o fracasos, en lugar de cuestionar las condiciones sociales y económicas que lo hacen posible.

Emprendedores de nosotros mismos.

Tenemos un afán de querer maximizarlo todo, aprovechar cada minuto, ser productivos, aumentar nuestro rendimiento y convertir cualquier actividad en una oportunidad para lucrar. Esta es la promesa que nos ha dado el capitalismo:  cuanto más trabajes, mayores serán tus recompensas; puedes ser lo que tú quieras y alcanzar cualquier meta si te esfuerzas lo suficiente.

Esta idea alimenta el mito de la meritocracia, que tu éxito depende en la medida de tu esfuerzo individual. Sin embargo, la realidad es más compleja. Alguien puede levantarse de madrugada, trabajar jornadas superiores a ocho horas y esforzarse durante toda su vida sin que eso lo acerque a la fortuna de Elon Musk o Jeff Bezos. Pues las estructuras del capitalismo tienden a concentrar la riqueza en unas cuantas personas.

Y, aun así, cuando estas expectativas no se cumplen nos cuestionamos a nosotros mismos y no al sistema que genera desigualdad. Byung Chul Han lo explica de mejor manera: “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad y el sistema, en esto consiste la inteligencia del régimen neoliberal, dirigiendo la agresividad hacia sí mismo, el explotado no se convierte en revolucionario sino en depresivo”.

Los síntomas de nuestro tiempo —la ansiedad, la depresión y el cansancio —, son propios de la lógica capitalista. El éxito de este sistema consiste en que ya no se necesita imponer la explotación desde fuera. Nos convertimos en sujetos del rendimiento, creyéndonos libres, asumimos voluntariamente producir más, trabajar más, rendir más; es decir, autoexplotarnos.

El sujeto del rendimiento es, al mismo tiempo verdugo y víctima. Ya no requiere de un jefe que lo vigile. El sistema nos pone en guerra con nosotros mismos. Su eficacia radica en que la explotación ya no se percibe como una imposición, sino como una elección libertad.

Esa misma sensación de libertad está instaurada en nuestros hábitos de consumo, otra de las características del capitalismo contemporáneo. Creemos que elegimos libremente las cosas que necesitamos o queremos, pero en realidad no son más que necesidades y deseos que han sido creadas por la propia lógica del mercado. Compramos, renovamos y acumulamos bienes porque se nos ha enseñado a asociar el consumo con la satisfacción personal, el éxito y el estatus. Pero al final, todo esto es superficial, y corremos el riesgo de que solo nos hagan sentir más vacíos. 

Rousseau cuando habla acerca de nuestra condición humana decía: “El hombre ha nacido libre, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado”. Y yo, mientras tanto, tengo que trabajar para pagar la tarjeta de crédito y sus intereses.

Pensar fuera de la lógica del capitalismo resulta difícil porque estamos inmersos en ella. Es como estar en un mar y querer nadar contra la corriente. El salvavidas no es necesariamente una ideología alternativa, sino pensar de manera crítica ante lo que nos han hecho creer que funciona así y no de otro modo. Quizás, así como los peces que nadan contracorriente, son acusados de enfermos, en nuestro caso esto sea un síntoma de lucidez.