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LA HIJA DE APOLONIA

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Los escurrimientos de lava causados por la erupción del volcancillo, provocaron las cavernas que esconden a los ríos subterráneos afluentes del Actopan. Esa zona ubicada en el Municipio de Naolinco la llaman el malpaís y labrar la tierra para cultivar caña de azúcar, tabaco, milpas, pepitoria y sobre todo el frijol, es tarea nada fácil.

En la apacible tarde de verano, el sofocante clima da el efecto de que el tiempo se ha detenido y a lo lejos, sobre el puente de la hacienda de Paso del Toro, se vislumbra a Pascual, joven jornalero que a casa regresa con el ayate al hombro, el calabazo de agua vacío, arriando la yunta de acémilas que apetecen el retiro de las grupas; es el encargado del trapiche de la hacienda de Almolonga y como rutina, concluye el día vaciando la melcocha en los moldes de madera del piloncillo o las panelas, ya que tienen que estar listas para su entrega a los vecinos de Tenampa, San Juan y de Maxtatlán.

Apolonia, su esposa, trabaja en la casa grande de los Caraza; dentro de sus obligaciones, se encarga del proceso y fabricación de puros, oficio que en su niñez aprendió, desde el almacenaje para fermentar las hojas de tabaco, hasta formar el enrollado de la tripa y la fortaleza ultimando el gracioso manipuleo con el atavío de la capa y la contención de aroma y sabor de esas apetecibles brevas, deleite de los patrones, y de ella misma.

Al llegar a casa, a Pascual lo ahoga el sofocante humo de la cocina provocado por los leños que inician a calcinarse; el agua para el café lentamente entra en hervor. Apolonia no fue a trabajar, está recostada en la cama, sudorosa, disimulando los dolores naturales de las parturientas y confiando en el momento de parir. La comadrona está avisada y en un momento hará su aparición en la casa para darle atención a la joven mujer en su segundo alumbramiento.

El sol al alba asoma la cresta. El matrimonio y la matrona desvelados, casi no han descansado. Pascual está en el machero alistando las mulas pues tiene que llevar los aperos de labranza al chilar donde sus hermanos esperan dar inicio a las labores y en un santiamén abre la puerta del corral y se aleja, dejando en buenas manos a la embarazada Apolonia cuya barriga sigue relajada pero empecinada en mantener su carga. Poco tiempo pasa, el ajetreo de la asistente  es inevitable, el parto a Dios Gracias es normal, sin complicaciones; el cordón umbilical está anudado y ahora en su regazo sostiene a una linda niña cuyo llanto lo provoca la infalible nalgada que le asesta. Con delicadeza y con aceite de palo de rosa higieniza a la recién nacida y todo vuelve a la normalidad.

Es la tarde del 30 de agosto de 1883, Pascual comparece y Apolonia le entera de la aparición de la criatura; exclama que es día de Santa Rosa de Lima, su hija debe llamarse Rosa, Rosa Viveros Martínez. Promete bautizarla en la fiesta de los panes de Otates, allá en el templo dedicado a Santa Rosa de Lima y de paso encomendarla a San Diego de Alcalá.

Amigos, la abuela Rosa, LA HIJA DE APOLONIA, cumplidos los noventa y nueve años descansó en paz. Su descendencia es grande, como grande es el recuerdo que cada año se manifiesta en los nietos, ahora abuelos y éste no podía ser la excepción, así es que:

¡Ánimo ingao…!

Con el respeto de siempre Julio Contreras Díaz    

 

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