LA NÓMINA ÚNICA: AJUSTE O PRETEXTO
El Regional Coatepec 4 de septiembre de 2025
LA NÓMINA ÚNICA: AJUSTE O PRETEXTO
En Veracruz, el
discurso oficial sobre la reestructuración administrativa tiene hoy un rostro
muy concreto: los despidos de enfermeras en el Asilo Sayago, el recorte de 32
contratados en Orizaba y 34 en Cosamaloapan, más los reajustes que se vienen en
la Secretaría de Educación (SEV) y la Secretaría de Salud (SSA). El argumento
del titular de Finanzas, Miguel Santiago Reyes, es tan sencillo como brutal: la
nómina estatal está inflada, hay duplicidad de funciones y plazas que nunca
debieron existir. El remedio —asegura— es la llamada “nómina única”.
Pero conviene ir más
allá de la explicación administrativa para entender lo que realmente está en
juego. Porque, aunque la austeridad se vista de orden financiero, en los hechos
se traduce en familias sin ingreso, servicios debilitados y una burocracia que
percibe el mensaje claro: “sobran”.
Es cierto: Veracruz
arrastra desde los tiempos de Javier Duarte un pasivo descomunal con el SAT por
no reportar debidamente los impuestos de los trabajadores, un boquete que
supera los 22 mil millones de pesos. A eso se suma el crecimiento desordenado
de plazas durante sexenios en los que repartir cargos era la forma más
eficiente de comprar lealtades políticas. En esa práctica se incubó una nómina
desproporcionada, con casos tan absurdos como trabajadores con dos plazas en
horarios incompatibles.
El problema es que
esa “herencia maldita” se convirtió en el justificante perfecto para aplicar
tijera sin matices. Se despide a personal de salud y educación —áreas que la
propia autoridad dice querer fortalecer— con el argumento de que “hay plazas de
más”. Entonces cabe preguntar: ¿no habría una manera más justa de separar lo
legítimo de lo excesivo, lo necesario de lo inútil?
Según Sefiplan, el
nuevo esquema permitirá reasignar recursos hacia sectores prioritarios como
salud, educación y seguridad pública, además de garantizar salarios más justos.
El titular presume que más de mil trabajadores estatales recibían menos del
salario mínimo, y que la instrucción de la gobernadora Nahle es corregir esa
injusticia y reducir la brecha salarial de género.
El discurso suena
impecable. Pero la realidad lo desmiente: ¿cómo hablar de fortalecer la salud
pública cuando se prescinde de enfermeras en un asilo de ancianos? ¿Cómo
presumir justicia laboral mientras se genera incertidumbre entre trabajadores
que, más allá de sus contratos, sostienen el funcionamiento de hospitales,
escuelas y oficinas públicas?
Porque el ajuste
tiene nombre y apellido: son mujeres y hombres que cada quincena cumplían una
función concreta, que atendían a pacientes, limpiaban pasillos, elaboraban
documentos, daban clases. Y que de la noche a la mañana descubren que su plaza
era “innecesaria”.
La llamada “nómina
única” no es una idea nueva. En distintos estados se ha usado como herramienta
para centralizar el control del gasto y evitar fugas. Pero también ha servido
para disciplinar a la burocracia, adelgazar sindicatos incómodos y, en no pocas
ocasiones, abrir espacio para la contratación de cuadros afines al nuevo
gobierno.
En Veracruz, el
mensaje político no pasa inadvertido: Rocío Nahle hereda una administración
marcada por el desorden, pero también se estrena enviando la señal de que
pondrá la casa en orden con o sin consenso. La pregunta es si el orden será
administrativo o político.
Porque el riesgo es
que la purga de plazas se convierta en una limpieza selectiva, donde se
recorten a los de abajo para abrir huecos que, al final del día, volverán a
llenarse con otros recomendados. La historia veracruzana ofrece demasiados
ejemplos de cómo las plazas “ahorradas” reaparecen disfrazadas de asesores,
contratistas o personal eventual.
La deuda con el SAT
y el abultamiento de la nómina no se resolverán con despidos masivos. Requieren
de una estrategia integral que contemple transparencia en el manejo de plazas,
rendición de cuentas de los sindicatos, y un rediseño institucional que elimine
duplicidades sin sacrificar servicios esenciales.
Si el gobierno de
Nahle realmente quiere diferenciarse de sus antecesores, tendrá que demostrar
que el reordenamiento administrativo no es simplemente el pretexto para
despedir a unos y contratar a otros. Que no se trata de un cambio de nombres,
sino de un cambio de prácticas.
Porque de lo
contrario, lo único que se logrará será reproducir el ciclo perverso: heredar
problemas a la siguiente administración, con la coartada de que la “nómina
estaba inflada”.
El control de la
nómina estatal es un asunto de legalidad y de justicia, sí. Pero también es,
sobre todo, una cuestión de confianza. Si los ciudadanos perciben que los
ajustes obedecen a criterios técnicos, los apoyarán. Pero si ven que detrás de
cada despido se esconde un cálculo político, entonces el discurso de la
austeridad se derrumbará como lo hicieron los de Duarte y de tantos otros.
Al final, lo que se
juega en esta “nómina única” no son solo plazas ni presupuestos. Se juega la
credibilidad de un gobierno que promete orden y justicia, pero que empieza
mostrando tijera antes que transparencia.
…