LA PARADOJA DEL TAO

Por Jennifer Rodríguez Pacheco
Lo irónico es que esté escribiendo esto. Sobre aquello que sería mejor callar, y simplemente vivir. Pues, como advierte el taoísmo, cuando el Tao puede ponerse en palabras, es señal de que no se ha entendido bien.
En la tradición espiritual china, el taoísmo parte de un principio para explicar la realidad: el Tao. No es una cosa, ni una idea, ni un Dios. Es, más bien todo lo que ocurre: el fluir mismo de la realidad. Pero hay un problema aquí, —o una paradoja —: el Tao no puede expresarse con palabras. Y si se intenta, entonces ya no es el verdadero Tao.
Ante esta tesis, se abre una discusión sobre el lenguaje: ¿qué puede hacer el lenguaje frente a algo que lo excede?
El lenguaje es, quizá, lo más característico de lo humano. Es uno de los rasgos que nos distingue de otras especies. Somos seres que se cuestionan a sí mismos, que buscan entender. Pero, también hay una ambición aún mayor: comprenderlo todo, querer descifrar la realidad, lo que está detrás de ella. Y, sin embargo, hay algo que siempre se escapa. Como agua que fluye, se escurre entre las manos.
Esta tradición parece sugerir que el lenguaje no es falso, pero sí insuficiente. Porque en el fondo tiene una incapacidad de poder comunicar con precisión o amplitud. No logra abarcar la realidad, porque la realidad es más amplia que cualquier palabra que intentemos usar.
Hay un dicho popular que lo ilustra: “una imagen dice más que mil palabras”. Entendido como es que hay más peso en la representación visual, no porque la imagen sea perfecta, sino porque descripción, en el fondo, es solo una reducción.
Por eso, preguntarse qué es el Tao es una paradoja. Conocerlo supondría una comprensión falsa, es decir, cuando se “pone en palabras” sería encerrarlo en una definición. Y en este mismo sentido, perderlo.
Entonces, ¿por qué insistir en explicarlo, si todo lo que se diga del Tao será una comprensión vaga?
Quizás por lo obstinada que es nuestra condición: somos seres que no pueden dejar de intentar entender.
Pero para el taoísmo, querer comprender completamente lo que es el Tao también es una forma de forzar la realidad. Y forzar no cambia nada ni hace que las cosas sucedan. No hay manera de desviarse del fluir de la naturaleza, porque no hay distintos caminos más que el Camino.
Hasta aquí, podría parecer que esto lógicamente no dice mucho. Incluso podría sospecharse que no ofrece una verdadera explicación sobre la realidad. Al final, Tao es solo un nombre que damos a todo lo que ocurre. Pero ahí reside la paradoja: cuando se intenta definir, deja de ser el Tao verdadero.
El Tao como principio, no puede pensarse de forma análoga a lo que llamamos “Dios”. Incluso este concepto habría que entenderlo más allá del dios cristiano y de cualquier forma antropomorfa, o más bien como esa fuerza, arquitecta y hacedora del universo.
El Tao no exige ser adorado ni comprendido. No reclama nada para sí. Simplemente fluye: en todas las direcciones, sin centro, sin principio ni final. Lo es todo; no hay nada fuera de él. Es la realidad misma en movimiento. Es
evidente, pero no manifiesta forma alguna, es el curso de todas las cosas y el fluir de la naturaleza.
Sin embardo, todas estas palabras resultan insuficientes. Pues el Tao no es una idea ni un concepto que pueda capturarse. Básicamente, – dicen los sabios chinos-, solo puede ser sentido, más no expresado. Es decir, es una experiencia inefable.
Pensemos en el agua o el viento: el fluir del agua no puede ser contenido en una botella, así como el aire no puede ser encerrado en una bolsa.
Y la paradoja está aquí: todo este intento por explicarlo termina mostrando que no se puede explicar. Como si hubiéramos subido una escalera para después dejarla caer, sin posibilidad de volver.
Como seres humanos hacemos esto constantemente, explicamos el mundo con categorías que, al final nos resultan insuficientes. Sin embargo, hay algo bueno en esto: reconocer que hay cosas que nos superan. Y que, si llegamos a sospechar que hay algo más, simplemente son destellos, más no percibimos la luz directa.
No es un fracaso, simplemente es dejar de intentar nombrarlo.