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Héctor Larios Proa

Hoy 30 de abril, las vitrinas se llenarán de luces y pantallas, pero para quienes los padres y abuelos de hoy que guardamos cicatrices en las rodillas, el verdadero tesoro de la infancia no se compraba en tiendas. Hablo de esa “República de la Banqueta”, un espacio soberano donde el Stop, “las trais” y el futbol callejero no eran simples pasatiempos, sino instituciones formativas que hoy, lamentablemente, se extinguieron.

EL VALOR PERDIDO DEL JUEGO EN LA CALLE

El juego en la calle fue nuestra primera gran aula social. Ahí, sin la intervención de adultos, aprendimos el valor de la palabra y la negociación. No necesitábamos árbitros, el conflicto se resolvía con diplomacia o carácter, y la justicia se dictaba bajo el consenso del grupo. Era el fortalecimiento del tejido social en su estado más puro. El vecino no era un extraño tras un portón eléctrico, sino el guardián de la cuadra, y la calle no era un peligro, sino el patio común donde se forjaban amistades de hierro.

EL BARRIO

La cuadra cumplía una función comunitaria vital. Los niños le daban vida convertían el asfalto en estadios y los parques en selvas. Ese movimiento constante generaba una salud física natural, una resistencia aeróbica que no conocía de gimnasios, y una agilidad mental que se pulía esquivando el tráfico o calculando el salto exacto en el resorte. Era una infancia de pies negros y alma ligera.

Vaya pues, este comentario como un homenaje a quienes hoy son adultos y tuvieron el privilegio de vivir esa libertad. A los que supieron lo que era “jugarse la vida” en una partida de quemados y a los que regresaban a casa con el sol oculto y el corazón latiendo a mil por hora. Ustedes fueron los últimos ciudadanos de un México que se vivía de puertas para afuera.

EL CONTRASTE ES CRUDO

Hemos cambiado el sudor por el brillo de las tablets y la algarabía del barrio por el silencio de los audífonos. Mientras antes el reto era que nos dejaran entrar a casa, hoy el desafío es lograr que los niños salgan. Pasamos de la libertad del “Encantado” al aislamiento del clic; de la cicatriz orgullosa en la rodilla al sedentarismo frente al monitor. Perdimos la calle, sí, pero en el camino, también perdimos ese primer gran ensayo de comunidad que nos hizo los adultos que somos hoy.