LO LEGAL, LO JUSTO Y LO ÉTICO: CUANDO LAS NORMAS NO BASTAN
El Regional Coatepec 25 de junio de 2025
LO LEGAL, LO JUSTO Y LO ÉTICO: CUANDO LAS NORMAS NO BASTAN
En
la educación formal cuando cursando materias de civismo y ética se nos enlistan
los diferentes tipos de normas que rigen a la sociedad (jurídicas, morales y
sociales) a manera de reglamentos que nos dicen lo que “se puede” y lo que “no
se debe”. Pero ¿qué ocurre cuando lo legal se vuelve injusto? ¿Y cuando lo
justo contradice la norma establecida? En esos momentos, la ética nos pone ante
dos preguntas poderosas: ¿Qué es lo correcto? ¿Qué lugar ocupa el otro en mis
decisiones?
En
las últimas semanas he escuchado a personas defender decisiones bajo el
argumento de que “están dentro del marco legal”. Y sin embargo, algo en sus
gestos, en sus silencios, en la reacción de quienes les escuchan, deja entrever
una incomodidad: como si supiéramos, en lo profundo, que cumplir con la ley no
basta para estar en paz con la conciencia.
Desde
la psicología, se ha estudiado cómo los seres humanos no actuamos solamente en
función de lo permitido o lo prohibido, sino también de nuestras convicciones
internas, de los valores que hemos construido a lo largo de nuestra vida. Es
decir, no solo obedecemos la norma: también —y sobre todo— respondemos ante la
mirada del otro, ante nuestra historia, ante lo que sentimos que “debemos
hacer” aunque nadie nos obligue a ello.
Fuertemente
influenciado por el psicoanálisis diría que la ética es… una ética del deseo,
porque nuestro actuar no es en función de lo que me conviene o lo que esperan
de mí, sino de aquello que sostiene mi deseo en relación con el otro. Esta
perspectiva es profundamente incómoda, porque no nos deja refugiarnos en el
cumplimiento técnico. Nos obliga a implicarnos. A preguntarnos qué parte de
nosotros está en juego en nuestras decisiones. A reconocer que toda elección
implica una responsabilidad subjetiva, más allá del marco institucional o
jurídico.
¿Y
qué pasa cuando lo legal no coincide con lo justo? Pensemos en contextos donde
las leyes se aplican de manera desigual, o donde las normas han sido diseñadas
para sostener estructuras de poder que excluyen, silencian o perpetúan
desigualdades. En estos casos, la legalidad no es sinónimo de justicia, y la
obediencia deja de ser virtud para convertirse en complicidad
En
el ámbito institucional, esta tensión también se manifiesta. Cuando una
autoridad justifica decisiones bajo el argumento de que “está en su derecho”,
sin considerar el impacto humano de sus actos, se pierde algo esencial: la
relación ética con la comunidad que se gobierna. Porque el poder, sin ética,
aunque cumpla con los procedimientos, puede romper los vínculos de confianza,
pertenencia y dignidad.
No
se trata de despreciar la legalidad. Al contrario: las leyes son necesarias,
nos protegen, dan orden a la vida social. Pero cuando la ley se convierte en el
único parámetro de acción, corremos el riesgo de olvidarnos del otro. Y eso, tiene
efectos profundos en las vivencias de malestar, culpa, frustración,
sentimientos de injusticia que a veces no se pueden decir, pero que se sienten
y circulan.
La
ética, entonces, no es un manual. Es una práctica constante de reflexión, de
escucha, de sensibilidad ante el sufrimiento del otro. Sería más bien una
brújula que no siempre señala un camino claro, pero que nos obliga a
detenernos, a pensar antes de actuar, a hacernos responsables del efecto de
nuestras decisiones… sería cuestionarse ¿el Norte siempre está donde lo índica
la aguja? ¿y si la aguja esta corrompida?
En
una época donde lo técnico y lo legal parecen ocupar el centro de las
justificaciones públicas, quizá sea momento de devolverle a la ética su lugar.
No como una moral rígida, sino como una práctica viva, incómoda, necesaria.
Porque solo desde ahí podemos construir espacios donde las personas se sientan
vistas, cuidadas y dignas, más allá del cumplimiento formal de las normas.
Así
como el café nos invita a la pausa, la ética nos invita a la pregunta. Y tal
vez, si nos atreviéramos a sostener esa pregunta un poco más, descubriríamos
que no estamos solos en ella. Que la justicia no nace de la ley, sino del
encuentro con el otro.
Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.
Paulo César Soler Gómez
Contacto: psoler@live.com.mx
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