NADA ES LO QUE PARECE, TODO ES UNA ILUSIÓN

Por Jennifer Rodríguez Pacheco
¿Y si todo lo que percibimos estuviera distorsionado? ¿Si nuestra visión estuviera nublada y no pudiéramos conocer las cosas como son? Y que, además, ¿y si esta forma de percibir el mundo fuera lo que genera apegos y, con ellos, sufrimiento?
No hablo de teorías conspirativas, sino de una sospecha antigua. En la tradición india, existe un concepto inquietante: el velo de Maya. Según este supuesto, no vemos la realidad en sí, sino una representación atravesada por nuestra individualidad, por nuestros deseos y nuestros miedos.

El problema no es que el mundo sea falso, sino que lo habitamos como si lo entendiéramos tal como es.
Nuestro único modo de conocer, no nos permite ver la esencia de las cosas, sino su multiplicidad. Por eso, -dicen los indios- vivimos confiando en lo que sentimos, distinguiendo entre placer y dolor, entre lo bueno y lo malo, como si fueran realidades separadas. Pero ¿y si estas distinciones fueran solo una forma en la que la mente organiza lo que, en el fondo, no está dividido?
Hemos intentado definirnos como seres racionales, capaces de ordenar el mundo en categorías, y alcanzar certezas. Creemos que la verdad es algo que poseemos. Sin embargo, hay momentos en los que esa certeza se desliza entre nuestros dedos como agua: cuando ocurre algo que no podemos explicar, cuando tenemos esa sensación de que el mundo no encaja en estas categorías que hemos creado. Porque lo hemos explicado bajo nuestros términos y condiciones. Pero lo cierto, es que el mundo es tan vasto que excede a nuestras insignificantes capacidades humanas.
Porque toda nuestra sabiduría está cimentada sobre arena.
Y, aun así, seguimos viviendo como si todo fuera sólido. Nos apegamos. Creemos que lo que poseemos es nuestro, que nuestra interpretación es definitiva, que lo que somos es estable; es decir, a aquello a lo que buscamos aferrarnos como cierto. Y es justamente ese apego lo que, para esta tradición constituye un problema, la raíz del sufrimiento.
No vemos bien, nuestra vista está nublada. Eso no significa que seamos ciegos, y que vivamos en un error, en un mundo completamente falso o irreal, sino que lo vemos desde un lugar demasiado reducido: nuestra individualidad.
Si entendiéramos la verdadera esencia de las cosas, cada uno de nosotros podría ver desde la unidad. Pues “el otro parece realmente algo distinto a mí, su dolor no es el mío, su vida no me concierne”, se podría decir. Pero ¿y si este límite entre “tú y yo” es otra ilusión?
No es una idea cómoda, ni fácil para nuestra mente occidental comprenderla, pues implica aceptar que nuestra manera de entender el mundo está construida sobre un malentendido: no comprender las cosas como son realmente, sino solo desde la subjetividad.
Para ver más allá, tendríamos que elevarnos sobre la individualidad, o hasta alcanzar la promesa de no volver a renacer de nuevo y fundirse con el todo, o como dicen los budistas: “llegar al Nirvana”, un estado donde no existen el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte.
Este mito indio, de la realidad como una ilusión, busca reconocer que solo conocemos el mundo limitado por nuestra condición humana.
Toda religión parte de un dogma de fe, que no es más que una forma mítica de la verdad; la inteligencia humana queda por debajo de este, pues al final se trata de un misterio que no puede comprenderse del todo, sino solo aceptarse.
Tal vez no podamos quitarnos ese velo. Tal vez nunca alcancemos un conocimiento claro y absoluto de la realidad, a menos que se quiera creer que, en otra reencarnación -como brahmanes, sabios o santos- que sí tenga acceso a la verdad, y conocer el mundo como verdaderamente es.
Al final, esto no es una desesperanza, es una forma distinta de vivir: conscientes de que lo que vemos no es todo, sin aferrarnos a lo que percibe la mente, a la idea de que las cosas nos pertenecen o que poseemos la verdad última.