PEMEX Y CFE: EL PRESUPUESTO QUE DEVORA AL PAÍS
El Regional Coatepec 16 de septiembre de 2025
PEMEX Y CFE: EL PRESUPUESTO QUE DEVORA AL PAÍS
El Centro de
Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) estima que en 2026 no sólo la
deuda pública de México llegará a un nivel histórico rebasando por primera vez
los 20 billones de pesos (151 mil pesos x persona), sino que el pago de
intereses de ésta sería de aproximadamente de 1.6 billones de pesos (11 mil 696
pesos por persona), el mayor monto en 35 años.
En el discurso
oficial, Pemex y la CFE siguen siendo “empresas estratégicas”, símbolos de
soberanía y orgullo nacional. En la práctica, sin embargo, se han convertido en
dos agujeros negros de las finanzas públicas, cuya voracidad presupuestal
compromete no solo el equilibrio fiscal, sino también la posibilidad de
invertir en salud, educación y desarrollo social.
Para 2026, el
gobierno plantea destinar 708 mil 201 millones de pesos a Pemex, un
aumento del 11.7% respecto al año anterior. De ese monto, el 73% es gasto
programable, y dentro de él resalta un crecimiento de 13.5% en infraestructura
y obra pública. Hasta ahí, todo parecería sensato: inversión productiva,
fortalecimiento operativo. El problema es que, detrás de la retórica, más
de una cuarta parte de los ingresos de Pemex (27.1%) provienen de aportaciones
federales, es decir, dinero del erario que debería destinarse a la gente y no a
mantener viva una empresa que, en teoría, debía sostenerse por sí misma.
El dato es
brutal: solo en 2026, la Secretaría de Energía transferirá a Pemex 263 mil
699 millones de pesos, lo que representa un aumento de 86.8% respecto de 2025.
Para dimensionarlo: esa cifra equivale a tres veces el presupuesto de atención
a la salud y medicamentos gratuitos para población sin seguridad social, o al
doble del programa de becas universales de educación básica. En otras palabras,
la prioridad del Estado mexicano no es curar enfermos ni educar niños, sino
seguir subsidiando a una petrolera quebrada.
Mientras tanto,
la Comisión Federal de Electricidad proyecta ingresos por 535 mil 477
millones de pesos, una disminución de 5.2% respecto al año previo. Su gasto
será de 602 mil 567 millones, con una reducción de 1.5%. En apariencia, un
recorte. En la realidad, lo que cae es la inversión física (3% menos), mientras
que los gastos en servicios personales —nómina, privilegios sindicales y
burocracia— crecen 3.6%. Es decir, se invierte menos en infraestructura y más
en mantener la estructura laboral intocada.
Pero lo más grave es
que la CFE depende de subsidios a las tarifas eléctricas que, para
2026, alcanzarán 92 mil 685 millones de pesos. Dichos subsidios representan
cerca del 14% de sus recursos. Con ello, la empresa tampoco es financieramente
autónoma: sin dinero federal, sus números simplemente no cuadran.
La paradoja es
evidente: mientras Pemex y la CFE absorben crecientes transferencias, los
ingresos petroleros que alimentan a la Federación se reducen, debido a la baja
en la producción y el precio internacional de los hidrocarburos. Se trata de un
contrasentido histórico: el Estado mexicano subsidia a las empresas
públicas energéticas, cuando debería ser al revés: ellas tendrían que generar
los recursos que financien la política social y el desarrollo nacional.
Este esquema, además
de insostenible, es injusto. Inyectar 263 mil millones de pesos a Pemex
significa postergar hospitales, escuelas, carreteras y programas sociales que
sí generan bienestar tangible en la vida cotidiana de los ciudadanos. A pesar
de ello, la narrativa oficial insiste en defender el mito del petróleo como
motor nacional, aunque el mercado mundial y la transición energética nos griten
lo contrario.
Vale recordar que
el Plan Estratégico de Pemex contemplaba mantener estas aportaciones
extraordinarias solo hasta 2027. Sin embargo, el aumento previsto para 2026
implica adelantar recursos que en la práctica equivalen a financiar casi dos
años más de subsidios. Dicho de otra manera: el gobierno está hipotecando el
presupuesto de los próximos años para mantener con respirador artificial a una
empresa que nunca se reestructuró de fondo.
La pregunta obligada
es: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo los contribuyentes mexicanos seguirán
financiando la ineficiencia, la corrupción y la incapacidad de dos monopolios
públicos que, lejos de ser palancas de desarrollo, se han vuelto lastres
fiscales? La historia nos enseña que ningún país logra prosperar a costa de
sostener empresas estatales improductivas. México no será la excepción.
Pemex y CFE podrían
transformarse en compañías modernas, competitivas, con visión hacia energías
limpias y diversificación de mercados. Pero nada de eso se está haciendo. Por
el contrario, se apuesta al mismo modelo caduco: más gasto, más subsidios, más
deuda, menos futuro.
Y aquí radica la
tragedia: cada peso que se inyecta a Pemex y a la CFE es un peso que se le
arranca al futuro de millones de mexicanos. No se trata de un debate técnico ni
contable: es un dilema ético y político. O se privilegia la rentabilidad social
del gasto público, o se sigue sacrificando al país entero en el altar de dos
“empresas estratégicas” que ya no lo son.
El presupuesto 2026
desnuda la mentira: Pemex y CFE no sostienen a México. Es México quien los
sostiene a ellos. Y esa ecuación, tarde o temprano, nos llevará al colapso.