
PENSAR LO COLECTIVO DESDE EL BARRIO
¡Ay
mi Coatepec! ¡Ay mi Pueblo Mágico!… Y es que no más hace falta leer las
noticias o ingresar a alguna red social para darnos cuenta que la violencia se
ha vuelto parte del paisaje cotidiano. A veces son asaltos en las esquinas,
otras veces son disputas entre conductores, estallidos en la madrugada o amenazas
que corren de boca en boca. Así es como poco a poco el miedo se instala y con
él, una forma de vivir más cerrada, más desconfiada, más solitaria. ¿Qué puede
hacer una colonia, un barrio, una comunidad frente a esta sensación de
desamparo? ¿Estamos condenados a resistir en silencio?
Desde
la perspectiva de la salud colectiva, sabemos que la violencia no es solo un
problema individual, sino estructural. Nace de las desigualdades, del abandono
institucional y sobre todo de la impunidad. Pero también se alimenta del
aislamiento, del “cada quien con lo suyo”, de la idea de que “mejor no te
metas”. Por eso, pensar en acciones comunitarias es, desde mi punto de vista,
la mejor forma de recuperar la voz, el vínculo y el cuidado mutuo.
No
se trata de formar patrullas ciudadanas ni de sustituir a las autoridades, no
es hacerles el trabajo sucio, sino de organizar redes de apoyo que involucren a
la mayor cantidad de personas. Porque una de las consecuencias más invisibles
de la violencia es el distanciamiento social,
dejamos de salir, las familias se encierran, todo mundo desconfía y con eso, se
pierden paulatinamente los espacios de encuentro.
Cómo
recuerdo que para pasar el rato, bastaba con darse una vuelta por el parque
central con la seguridad de encontrar un rostro conocido, alguien con quien
hablar, otro que te devuelva el saludo, que te humanice. Pero sin estos encuentros,
no hay comunidad posible, una calle con más autos que infantes jugando o una
banqueta con más puestos ambulantes que personas conversando, son un claro
ejemplo de las heridas de la violencia.
Y
es que la salud es un asunto colectivo que se construye en los vínculos. No
basta con que uno “esté bien”, si a mi alrededor hay sufrimiento y miedo. En
ese sentido, el bienestar es inseparable del contexto por lo que podemos
afirmar que no existe ningún sujeto que exista en aislado.
Esto
quiere decir que nuestra forma de sentir, actuar y pensar está atravesada por
las relaciones que sostenemos e incluso por aquellas que hemos perdido. Nuestra
identidad también se construye en lo que damos, en lo que recibimos, en cómo
nos miran y en cómo cuidamos. Es por eso, que es necesario recuperar el pesacio
público como un espacio de lo común y esto no quiere grandes inversiones, sino voluntad de
habitar juntos.
Es
necesario que existan espacios en los que se pueda hablar del miedo, de la
tristeza, de la rabia que produce vivir bajo amenaza constante. Nombrar lo que duele no es debilidad,
es el primer paso para construir sentido. Cuando una colonia se atreve a poner
en palabras su malestar, empieza a recuperar su dignidad.
Actiidades
como: grupos de encuentro, círculos de lectura, clubes de jóvenes o de personas
adultas mayores, fortalecen la autoestima colectiva, la confianza, la
creatividad para afrontar problemas.
Y
sí, es cierto: no todo se resuelve con buenas intenciones. La violencia
estructural necesita políticas públicas, justicia, acceso a derechos. Pero lo
comunitario no reemplaza al Estado: lo interpela. Le dice: estamos aquí,
existimos, resistimos, hacemos lo que podemos… ¿y ustedes qué hacen?
En
los barrios se pueden crear redes de apoyo emocional entre vecinos; donde se
realicen actividades culturales autogestivas; donde se recuperan oficios y
saberes. Eso también es salud mental. Porque la salud no es solo la ausencia de
síntomas, sino que incluye la posibilidad de imaginar un futuro común.
En
un mundo que nos quiere individualistas (sobre todo el mundo de la oferta y la
demanda, hablar de comunidad es casi un acto subversivo. Pero es también una
invitación a mirar de otro modo, porque creo que es posible evitar que la
violencia nos robe lo más valioso: la capacidad de mirarnos con empatía, de
crear redes y de imaginar alternativas.
Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.
Paulo César Soler Gómez
Contacto: psoler@live.com.mx