PRIMAVERA EN EL ASFALTO


Sentado tras mi escritorio, cierro los ojos. A lo lejos, las notas de “Mi árbol y yo” del maestro Alberto Cortez invocan un torrente de imágenes. El patio colorido de la casa familiar, donde mis padres sembraron la vida en forma de lirios y camelias. Recuerdo las azucenas blancas y rojas desfilando bajo la sombra de magnolias y tulipanes; las orquídeas y su consentida, la Flor de Mayo, custodiadas por el rosal que mi madre mimaba con esmero.

En aquel Coatepec, el jardín no era un lujo, sino una identidad. Las familias cultivaban sus patios con un orgullo silencioso, entablando una competencia fraternal por ver quién lograba la floración más bella, intercambiando esquejes como quien comparte tesoros. Mi amor por esta tierra nació ahí, y se selló el día que conocí las fincas. Caminar entre cafetales, donde el blanco de la flor contrastaba con el verde profundo de la hoja bajo un cielo nítidamente azul, era un espectáculo maravilloso, de película. Las “paseadas” preparadas por mi madre, el aroma del jinicuil y el café recién hecho eran el cuadro perfecto. ¡Cómo olvidarlo! Ahí sentí, por primera vez, el orgullo de ser coatepecano.

El premio tras la caminata era sagrado, una nieve de “La Güera” en el kiosco, mientras la vista se perdía en las jardineras del parque, entonces siempre rebosantes. Era el Coatepec que María Enriqueta inmortalizó en sus versos, un pueblo de color, aroma y tierra bendita.
El Coatepec que se nos va
Hoy, la realidad golpea con la rudeza del concreto. Salgo a la calle y me hundo en la tristeza de ver calles sucias, maltratadas y devoradas por un comercio desordenado. Me pregunto si a esto le llaman progreso. Regresar el tiempo es imposible, pero heredar el amor por esta tierra a los niños, hoy presos de sus teléfonos, y a quienes llegaron de fuera para quedarse en Coatepec, es una urgencia moral.
Nuestras fincas están desapareciendo, asfixiadas por fraccionamientos que entierran la esencia del pueblo bajo el cemento. El caso del Fraccionamiento San Lucas es alarmante, no solo derriban el bosque, sino que sepultan vestigios del centro ceremonial de Campo Viejo. Resulta irónico y doloroso imaginar que, en unas cuantas primaveras, la gente acudirá vestida de blanco a buscar “energía” sobre lo que hoy estamos permitiendo destruir.
El llamado al alcalde Nacho Luna es urgente. No basta con la foto oficial del Día Nacional de la Orquídea este 21 de marzo si después todo sigue igual. Coatepec necesita un programa serio de rescate al medio ambiente y de conservación de fincas, no simulaciones. Necesitamos calles iluminadas que ahuyenten a los amigos de lo ajeno y servicios de recolección de basura eficientes. Da pena ver la poda de la buganvilia de la Cantonal, necesitamos expertos, no “peluqueros” de árboles que mutilan nuestra historia verde.


Señor Alcalde, está a tiempo de “enchular” nuestro Pueblo Mágico y aspirar a una carrera política de largo aliento. No elija el camino de tantos otros que llegaron con las manos vacías y salieron por la puerta de atrás, convertidos en prósperos dueños de ranchos y residencias de dudosa procedencia.
Por hoy, me refugio en mis canciones y en las jacarandas que aún resisten. Disfrutemos lo que queda, pero no dejemos de exigir que Coatepec vuelva a florecer, y no solo en el calendario.
Por hoy hasta aquí.