Especial

PROCESIÓN DE LAS CANDELAS

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Ese amanecer, la anciana con un lastre de 84 años, muy temprano se levantó y rebosante de complacencia se encomendó a su Señor Dios. Sin desperdiciar tiempo al engalanarse, se dejó guiar por el Espíritu Santo, y enfiló rumbo al templo, para cumplir con sus obligaciones religiosas. Los recuerdos de los siete años de felicidad que pasó al lado de su esposo, los mantenía con vida. Jamás omitía la fecha que se había convertido en viuda. Se llamaba Ana la Profetisa y pertenecía a la tribu de Aser —el octavo hijo de Jacob—  una de las doce que conformaba la nación hebrea.

 

Otro anciano, llamado Simeón, ese mismo día y casi en la misma hora, con la asistencia del Espíritu Santo, presentía que se colmaría de bendiciones. Tenía mucho tiempo que diario acudía al templo con la esperanza de ver al ungido; conocía su vacío. En cualquier momento, su vida, cada vez más frágil podía terminar. Llevaba en su mente las promesas de su Señor Dios de que, no vería el rostro de la muerte, sin ver antes el del Mesías, libertador de Israel.

 

La Sagrada Familia, personificada por Jesús, María y José, se habían trasladado de Belén a Jerusalén y estaban dispuestos a cumplir con la ley de Moisés, que ordenaba que todo primogénito, tenía que ser consagrado al Señor Dios. Eran uno más entre los matrimonios que asistían a la ceremonia con un par de tórtolas para ofrecerlo en sacrificio, también al mismo señor Dios. Estaban muy sorprendidos por el modo con que el Todopoderoso iba realizando las cosas. Y las cosas se seguían dando bien:

 

En la coincidencia del momento, Simeón, al ver a María con el Niño Jesús, identificó que era el Cristo, y tomándolo en sus brazos exclamó: “Señor, he visto al Salvador, ahora puedes dejar morir en paz a tu siervo, he visto la luz para las naciones y gloria de Israel”; Ana la Profetisa, presente en la circunstancia, alababa a Yahvé y prorrumpía de la comparecencia del niño a todos los que esperaban la salvación de Jerusalén.

 

La presentación de Jesús se hizo al cumplir los cuarenta días de nacido, el 2 de febrero, la fiesta de la Candelaria, o PROCESIÓN DE LAS CANDELAS. Este día nos recuerda que la Virgen ha iluminado al mundo con su Luz.

 

Todo esto viene a colación, por las fiestas de la Candelaria que marca el calendario litúrgico, donde nos explica ampliamente el significado de dicha celebración, haciendo mención del Evangelio de San Lucas 2,22-38, y completando la exposición con la etimología de Candelaria cuyo origen o raíz latina, candela, quiere decir vela, o luz.

 

Amigos, enero, primer mes del 2019, se ha ido; demos inicio al mes de febrero con singular alegría y especial entusiasmo. Nos falta mucho camino que recorrer y más aún, nos faltan muchas metas que cumplir. La recomendación es que no se cometan imprudencias y tener mucho cuidado, porque los refranes de los abuelos no se equivocan, y es lo que nos dice uno de ellos: “Enero y febrero, desviejadero”.

 

¡Ánimo ingao…!

 

Con el respeto de siempre Julio Contreras Díaz.

 

 

 

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