REGRESA EL LEGADO DANCÍSTICO DE MARTHA GRAHAM

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Agencia Reforma

En 1932, Martha Graham ganó una beca Guggenheim para viajar al País a fin de estudiar las danzas rituales indígenas de México y Yucatán. Por esos años, se interesó en las prácticas ceremoniales de los pueblos del suroeste de los Estados Unidos.

 Lo que vio, cambió su vida y su arte: rituales surgidos de la necesidad humana, la fertilidad, el clima, la comida y la religión.

 “Durante el resto de su carrera, Martha Graham buscó crear obras que tuvieran esa clase de necesidad humana básica”, asegura en entrevista Janet Eilber, directora artística de la Compañía de Danza Martha Graham desde hace 21 años.

 El programa que presentarán en el Palacio de Bellas Artes, Martha Graham 100 años: La danza que transformó el siglo 20, abre precisamente con Dark Meadow (1946), cuya música fue comisionada al compositor mexicano Carlos Chávez.

 Aunque la pieza es abstracta y modernista, Eilber recalca cómo está moldeada por lo que vio Graham en aquel viaje en el que, según le dijo al crítico Alberto Dallal en 1981, no pudo ver danza, pero encontró “la tierra, la gente y la arquitectura”.

 “(En) las formaciones de los bailarines, en la manera en que usan el cuerpo, en los golpes contra el piso, se reconoce esta inspiración en los rituales que vio en México y en el suroeste de Estados Unidos”, detalla.

 La obra iba a estrenarse junto con Appalachian Spring en 1944, sin embargo, Chávez no pudo entregar la partitura a tiempo para la presentación. Era un encargo para una obra sobre Medea, la hechicera griega que asesinó a sus propios hijos.

 La pieza no terminó de convencer a Graham. “Cuando escuchó la música, dijo: ‘No puedo hacer Medea con esto. No es suficientemente dramática'”, recuerda Eilber. “Y la dejó a un lado”.

 Al retomar la partitura de Chávez tiempo después, creó una “pieza hermosa, psicológica”. “En la música de Chávez escuchas la amplitud del espacio de nuestros países”, añade. “Y nada inspiró más a Martha Graham que esa clase de relación con el lugar donde estamos”.

 En su regreso a México, la compañía ofrecerá también Lamentation (1930), un solo de cuatro minutos. Una pieza icónica de la Madre de la Danza Moderna. La bailarina permanece sentada en una banca, envuelta en una tela morada. Sus brazos y piernas no se ven. Casi no se mueve.

 “Surgió cuando Martha buscaba una forma de movimiento capaz de capturar la emoción humana. Con Lamentation lo consiguió. Puedes imaginar al público que llegaba a ver danza y veía sentada a la bailarina durante todo el solo… quedaba asombrado”, comparte.

 Más que una evocación escultórica del duelo, ataja, con esta pieza Graham anunció al mundo que “el modernismo había llegado a la danza estadounidense”.

 Eilber interpretó Lamentation dirigida por Graham. Aquejada por una artritis severa, dirigía sentada. Usó imágenes muy potentes para guiar su interpretación.

 “Cuando te meces hacia un lado y miras hacia abajo, es como si estuvieras mirando la tumba de tu hijo”, le decía Graham.

 “No es una interpretación intelectual. Es una interpretación profundamente visceral, animal. Martha usaba sonidos de pena y tristeza para ayudarme a ir más profundo”, explica y recrea en la entrevista esos gemidos de dolor.

 Graham rompió con un estilo que era “de fantasía, de evasión, de cisnes, flores y realeza de reinos imaginarios” para colocar en escena la experiencia humana.

 “Ella, entre las Guerras Mundiales, quiso expresar emociones humanas reales y la verdadera lucha del ser humano. Eso cambió la danza para siempre”, define.

 En la parte final del programa, se presenta una de sus obras maestras: Chronicle (1936), una pieza de protesta creada el mismo año en que Graham rechazó una invitación de la Alemania nazi para presentarse en los Juegos Olímpicos de Berlín.

 “En la década de 1930 había solo mujeres en la compañía. Es la danza de un ejército de mujeres que sale a hacer una declaración radical. Es casi una respuesta al ascenso del fascismo”, expresa Eilber.

 Y después, We the People (2024), una obra del coreógrafo Jamar Roberts con música de la violinista y cantante Rhiannon Giddens, “muy bluegrass, country y americana”. Una pieza sobre la protesta social y la necesidad de hacer comunidad para lograr un cambio.

 “Jamar es como el bisnieto artístico de Martha. Ella ponía seres humanos en el escenario para hablar de la condición humana. Él hace exactamente lo mismo”.

 Graham legó una técnica, un vocabulario físico y una forma de entrenamiento que, recalca Eilber, es “una expansión del lenguaje corporal”.

 “Lo que Martha nos dejó es un legado de innovación”, asegura. “Siempre estaba pensando: ¿Qué sigue? ¿Qué puedo hacer que nadie haya hecho antes? Eso es lo que intentamos mantener vivo”.

 ¿Qué diría Graham si pudiera ver a su compañía en el centenario? “Estaría complacida y emocionada con los bailarines”, responde Eilber. Los llamaba “atletas de Dios” no por sus piruetas sino por su capacidad de entrega emocional al público. “La compañía nunca ha bailado mejor”.

 Eilber, bailarina y actriz, se unió a la compañía después de asistir a la Escuela Juilliard por recomendación de Graham. Se convirtió en solista a los 21 años y bailó muchos de los papeles que la legendaria bailarina y coreógrafa hizo famosos.

 “Mucha gente se le acercaba con reverencia, casi con miedo de hablarle”, recuerda. “Yo era demasiado joven o demasiado tonta para tenerle miedo. Y siempre me encantó hacerla reír. Creo que ella disfrutaba eso”.

 La Compañía de Danza Martha Graham se presenta el 20 de octubre a las 20:00 horas en la sala Principal del Palacio de Bellas Artes (Av. Juárez 1, Centro).