SAN JERÓNIMO EN COATEPEC: COMUNIDAD, TRADICIÓN Y CUIDADO COMPARTIDO
El Regional Coatepec 30 de septiembre de 2025
“Las fiestas de
pueblo son la memoria viva de lo que somos, pero también el espejo de lo que
aún debemos transformar.”
Cada
septiembre, Coatepec se viste de colores, música y alegría para celebrar a San
Jerónimo, su santo patrono. La fiesta patronal es mucho más que un acto
religioso: es el corazón de la identidad colectiva, un espacio donde las
familias se reencuentran, donde los niños descubren tradiciones que sus abuelos
ya vivían, y donde la comunidad se reconoce en el espejo de lo compartido.
Desde
la psicología social, este tipo de celebraciones funcionan como poderosos
mecanismos de cohesión. Nos recuerdan que somos parte de algo más grande que
nuestras rutinas individuales: un barrio, un pueblo, una historia. Participar
en una procesión, colaborar en la organización de los altares, convivir en las
calles decoradas, nos da la sensación de pertenecer a un “nosotros” que
sostiene y da sentido. Y eso, en tiempos de fragmentación e individualismo, no
es poca cosa.
Sin
embargo, como todo fenómeno social, estas tradiciones también nos invitan a la
crítica y a la reflexión. Porque no hay comunidad sin tensiones, y no hay
tradición sin preguntas sobre su pertinencia en el presente. Un ejemplo claro
es el uso de los cohetes. Para muchos, el estruendo es parte
indispensable de la fiesta: anuncia, celebra, despierta emociones. Pero para
otros, representa angustia, sobresalto e incluso riesgo para la salud. Bebés
que no logran dormir, personas con autismo o hipersensibilidad auditiva que
sufren crisis, adultos mayores que sienten ansiedad, animales domésticos que se
alteran profundamente… ¿cómo equilibrar la tradición con el cuidado del otro?
Desde
la perspectiva de la salud colectiva, este dilema es clave. Las fiestas son un
bien común, pero el bienestar también lo es. No se trata de eliminar la alegría
ni de borrar los símbolos, sino de abrir un diálogo sobre prácticas más
inclusivas. ¿Podríamos pensar en alternativas? ¿Podríamos preservar la esencia
festiva sin generar sufrimiento innecesario? Tal vez el desafío actual de
nuestras comunidades sea precisamente ese: honrar las raíces sin dejar de cuidar a
quienes viven en el presente.
Algo
parecido ocurre con el uso del espacio público. Durante los días de fiesta, las
calles se transforman en escenarios: música, danzas, juegos, puestos de comida.
Para la mayoría, esta apropiación colectiva del espacio es un símbolo de
vitalidad comunitaria. Pero, ¿qué ocurre con quienes necesitan desplazarse con
silla de ruedas, con quienes viven cerca y requieren descanso, o con quienes
enfrentan movilidad reducida? La fiesta también puede volverse barrera. Aquí,
nuevamente, la psicología social nos recuerda que la verdadera comunidad no se
mide solo en lo que celebra, sino en cómo incluye y respeta a todos sus
miembros.
Esto
no significa renunciar a lo festivo ni idealizar lo perfecto. Las tradiciones
son, por naturaleza, imperfectas: contienen alegrías y contradicciones. Pero lo
interesante es que precisamente en esas contradicciones se abre la posibilidad
de crecer como comunidad. Preguntarnos por la pertinencia de ciertas prácticas
no debilita la tradición: la hace más consciente, más inclusiva, más viva.
Las
fiestas son espacios donde lo reprimido encuentra salida. El ruido, la música,
la risa, los cohetes, son formas de catarsis, de liberar tensiones que en la
vida cotidiana no siempre tienen lugar. Pero cuando ese desborde genera dolor
en otros, la comunidad tiene la oportunidad de replantearse su goce: ¿qué tanto
estoy dispuesto a modificar mi disfrute para que también el otro pueda estar
bien?
La
fiesta patronal de San Jerónimo, entonces, puede leerse en dos planos. Por un
lado, como expresión profunda de identidad, cohesión y memoria colectiva. Por
otro, como escenario donde se hacen visibles las tensiones entre tradición y
cuidado, entre goce y responsabilidad. Y quizá el mayor reto sea este: aprender a vivir la
fiesta sin que nadie quede afuera, sin que nadie sufra innecesariamente, sin
que la inclusión se vea sacrificada en nombre de lo “así ha sido siempre”.
Porque
al final, la salud de una comunidad no se mide solo en su capacidad de
celebrar, sino también en su capacidad de cuidar. Coatepec tiene en San
Jerónimo un motivo de orgullo, un lazo que une y un recordatorio de su
historia. Pero también tiene, en cada infancia, en cada persona vulnerable, en
cada vecino que no puede dormir, la oportunidad de demostrar que la tradición
puede transformarse para seguir viva y significativa.
Así
como el café compartido sabe mejor cuando se piensa en el otro, la fiesta
también cobra más sentido cuando es para todos.
Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.
Paulo César Soler Gómez
Contacto: psoler@live.com.mx