SAN JERÓNIMO EN COATEPEC: COMUNIDAD, TRADICIÓN Y CUIDADO COMPARTIDO

UN CAFÉ DESDE EL DIVÁN
Comparte

“Las fiestas de pueblo son la memoria viva de lo que somos, pero también el espejo de lo que aún debemos transformar.”

Cada septiembre, Coatepec se viste de colores, música y alegría para celebrar a San Jerónimo, su santo patrono. La fiesta patronal es mucho más que un acto religioso: es el corazón de la identidad colectiva, un espacio donde las familias se reencuentran, donde los niños descubren tradiciones que sus abuelos ya vivían, y donde la comunidad se reconoce en el espejo de lo compartido.

Desde la psicología social, este tipo de celebraciones funcionan como poderosos mecanismos de cohesión. Nos recuerdan que somos parte de algo más grande que nuestras rutinas individuales: un barrio, un pueblo, una historia. Participar en una procesión, colaborar en la organización de los altares, convivir en las calles decoradas, nos da la sensación de pertenecer a un “nosotros” que sostiene y da sentido. Y eso, en tiempos de fragmentación e individualismo, no es poca cosa.

Sin embargo, como todo fenómeno social, estas tradiciones también nos invitan a la crítica y a la reflexión. Porque no hay comunidad sin tensiones, y no hay tradición sin preguntas sobre su pertinencia en el presente. Un ejemplo claro es el uso de los cohetes. Para muchos, el estruendo es parte indispensable de la fiesta: anuncia, celebra, despierta emociones. Pero para otros, representa angustia, sobresalto e incluso riesgo para la salud. Bebés que no logran dormir, personas con autismo o hipersensibilidad auditiva que sufren crisis, adultos mayores que sienten ansiedad, animales domésticos que se alteran profundamente… ¿cómo equilibrar la tradición con el cuidado del otro?

Desde la perspectiva de la salud colectiva, este dilema es clave. Las fiestas son un bien común, pero el bienestar también lo es. No se trata de eliminar la alegría ni de borrar los símbolos, sino de abrir un diálogo sobre prácticas más inclusivas. ¿Podríamos pensar en alternativas? ¿Podríamos preservar la esencia festiva sin generar sufrimiento innecesario? Tal vez el desafío actual de nuestras comunidades sea precisamente ese: honrar las raíces sin dejar de cuidar a quienes viven en el presente.

Algo parecido ocurre con el uso del espacio público. Durante los días de fiesta, las calles se transforman en escenarios: música, danzas, juegos, puestos de comida. Para la mayoría, esta apropiación colectiva del espacio es un símbolo de vitalidad comunitaria. Pero, ¿qué ocurre con quienes necesitan desplazarse con silla de ruedas, con quienes viven cerca y requieren descanso, o con quienes enfrentan movilidad reducida? La fiesta también puede volverse barrera. Aquí, nuevamente, la psicología social nos recuerda que la verdadera comunidad no se mide solo en lo que celebra, sino en cómo incluye y respeta a todos sus miembros.

 

Esto no significa renunciar a lo festivo ni idealizar lo perfecto. Las tradiciones son, por naturaleza, imperfectas: contienen alegrías y contradicciones. Pero lo interesante es que precisamente en esas contradicciones se abre la posibilidad de crecer como comunidad. Preguntarnos por la pertinencia de ciertas prácticas no debilita la tradición: la hace más consciente, más inclusiva, más viva.

Las fiestas son espacios donde lo reprimido encuentra salida. El ruido, la música, la risa, los cohetes, son formas de catarsis, de liberar tensiones que en la vida cotidiana no siempre tienen lugar. Pero cuando ese desborde genera dolor en otros, la comunidad tiene la oportunidad de replantearse su goce: ¿qué tanto estoy dispuesto a modificar mi disfrute para que también el otro pueda estar bien?

La fiesta patronal de San Jerónimo, entonces, puede leerse en dos planos. Por un lado, como expresión profunda de identidad, cohesión y memoria colectiva. Por otro, como escenario donde se hacen visibles las tensiones entre tradición y cuidado, entre goce y responsabilidad. Y quizá el mayor reto sea este: aprender a vivir la fiesta sin que nadie quede afuera, sin que nadie sufra innecesariamente, sin que la inclusión se vea sacrificada en nombre de lo “así ha sido siempre”.

Porque al final, la salud de una comunidad no se mide solo en su capacidad de celebrar, sino también en su capacidad de cuidar. Coatepec tiene en San Jerónimo un motivo de orgullo, un lazo que une y un recordatorio de su historia. Pero también tiene, en cada infancia, en cada persona vulnerable, en cada vecino que no puede dormir, la oportunidad de demostrar que la tradición puede transformarse para seguir viva y significativa.

Así como el café compartido sabe mejor cuando se piensa en el otro, la fiesta también cobra más sentido cuando es para todos.

Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.

 

Paulo César Soler Gómez

Contacto: psoler@live.com.mx