UN PARTEAGUAS EN LA JUSTICIA VERACRUZANA
El Regional Coatepec 31 de agosto de 2025
UN PARTEAGUAS EN LA JUSTICIA VERACRUZANA
La
toma de posesión de la magistrada Rosalba Hernández Hernández este lunes
primero de septiembre como presidenta del Tribunal Superior de Justicia del
Estado de Veracruz no es, o no debería ser, un mero acto protocolario más
dentro de la inercia burocrática. Por el contrario, representa —al menos en el
discurso y la expectativa pública— un parteaguas en la historia de la justicia
en Veracruz, esa justicia que ha sido tantas veces negada, pospuesta o torcida
al capricho de los poderosos.
No
es gratuito señalarlo: la judicatura veracruzana arrastra una pesada deuda con
la ciudadanía. Durante décadas, el Tribunal Superior de Justicia ha sido
percibido —y en demasiadas ocasiones, demostrado— como un aparato más al
servicio del poder político en turno, incapaz de garantizar la autonomía que la
Constitución le exige. La justicia, se sabe, no solo debe impartirse, sino
también parecerlo. Y en Veracruz, lo que ha parecido es un sistema colonizado
por intereses ajenos al derecho.
La
llegada de Rosalba Hernández abre, al menos, una ventana de oportunidad. No
porque la toga transforme de la noche a la mañana las viejas prácticas, sino
porque el hecho de que una mujer encabece ahora el máximo órgano jurisdiccional
en un estado marcado por la violencia, la corrupción y la impunidad, reviste un
simbolismo que no podemos pasar por alto.
En
un país donde apenas el 23% de las presidencias de tribunales superiores
estatales son ocupadas por mujeres, el ascenso de Hernández Hernández coloca a
Veracruz en el mapa de las transformaciones paritarias. Pero no se trata solo
de contar mujeres en cargos públicos; se trata de que esas mujeres ejerzan el
poder judicial con independencia, con rigor y con sentido ético. La presencia
femenina debe significar un viraje en las prácticas, no una continuidad
maquillada con perspectiva de género.
Porque
lo cierto es que la justicia en Veracruz ha sido, históricamente, una
maquinaria patriarcal: vertical, cerrada, hermética. Basta recordar los años
recientes: jueces y magistrados señalados por resolver a conveniencia de los
gobernadores, carpetas congeladas cuando se trataba de personajes influyentes,
sentencias dictadas bajo consigna. Si algo necesita el Tribunal, es justamente
lo contrario: abrir las ventanas, ventilar las causas y demostrar, con hechos y
no con discursos, que la ley está por encima de la política.
No
podemos engañarnos. La independencia judicial en México, y en Veracruz en
particular, es más un anhelo que una realidad. La Constitución local garantiza
esa autonomía, pero los nombramientos, los presupuestos y las presiones
soterradas siguen amarrando al poder judicial a los vaivenes de los gobiernos
estatales. Rosalba Hernández enfrentará, inevitablemente, la tentación de
convertirse en un engranaje más de esa maquinaria.
Aquí
radica el verdadero parteaguas: o consolida la sumisión, como tantos otros
presidentes de tribunal que pasaron sin pena ni gloria, o encarna la
posibilidad de rescatar la dignidad de la justicia veracruzana. Una tarea
titánica, sí, pero imprescindible. Porque sin jueces independientes, sin
magistrados incorruptibles, sin procesos transparentes, cualquier discurso de
Estado de derecho se vuelve mera retórica.
El
ciudadano común no se pregunta por la teoría de la división de poderes. Lo que
se pregunta es por qué un feminicida queda libre a los tres días, por qué un
despojo de tierras tarda veinte años en resolverse, por qué un político acusado
de corrupción nunca pisa la cárcel. Y esas respuestas, o la falta de ellas, son
las que marcan la credibilidad del Tribunal.
Por
eso, más allá de los discursos solemnes de toma de protesta, lo que está en
juego es si la nueva presidenta puede enfrentar con decisión las inercias
internas: jueces que se venden al mejor postor, ministerios públicos que
fabrican culpables, litigios eternos que desgastan al ciudadano. Una justicia
lenta y corrupta no es justicia; es una simulación.
No
olvidemos que el poder judicial en Veracruz ha sido, durante años, cómplice del
autoritarismo. Desde los juicios políticos exprés hasta la persecución judicial
de opositores, pasando por las exoneraciones selectivas. Ese pasado reciente
obliga a mirar con lupa cada paso de la nueva administración. Porque si algo ha
demostrado la historia, es que las palabras de cambio suelen quedarse en
promesas, y la impunidad termina ganando la partida.
La
designación de Rosalba Hernández Hernández no resolverá por sí sola los
problemas de la justicia en Veracruz. Pero sí abre la posibilidad —y con ella
la exigencia ciudadana— de que se inaugure una etapa distinta, donde los jueces
dejen de ser empleados del gobernador en turno y se conviertan, al fin, en
servidores de la ley.
El
parteaguas no se medirá en los discursos inaugurales, sino en los casos
resueltos con independencia, en las sentencias dictadas con rigor, en la
confianza ciudadana recuperada. Si Hernández logra resistir las presiones y
hacer del Tribunal un verdadero contrapeso, su nombre quedará inscrito en la
historia. Si no, será recordada como una más en la larga lista de presidentes
del Tribunal que juraron renovar la justicia y terminaron reforzando la
impunidad.
La
ciudadanía veracruzana merece una justicia que no sea ornamento del poder, sino
garantía de derechos. La pregunta es si, con esta nueva presidencia, se abre de
verdad ese camino o si asistimos, una vez más, a la repetición de un guion que
ya conocemos demasiado bien.