mujeres indígenas
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                                                                                                                René Sánchez García

 

un viejo amigo de la infancia me comentó, bastante preocupado, por no decir a bordo del colapso emocional, que trasantier, cuando ya la luz del sol se ocultaba allá por las montañas, observó a lo lejos y al caminar rumbo a una de las veredas que conducen al río “Pintores”, que sentadas a las afueras de un hogar, había un grupo de señoras mayorcitas de edad, que, a la manera de una cuchipanda, platicaban de manera algo agitadas, o bien algo preocupadas, quizá por algún suceso o chisme conseguido.

A estas seis señoras, todas de mandil doméstico, blusas a mangas en color blanco y enaguas largas a tonos obscuros y calzando huaraches; reunidas todas, más que una coincidencia de edad y sus cabellos canos, en sus recios rostros de mujeres de campo y cocina, se les notaba, dijo mi amigo, una sensación fuerte de cuitas por algo o alguien, motivo de un suceso penoso o doloroso que estaba aconteciendo o que sucedería muy pronto. A mi amigo (varón ya viejo, conocido por todos y todas, no sólo por inventar chismes, sino especialista por llevar y traer lo que escuchaba a diario por el pueblo), sintió por primera vez en su vida, eso que se llama hesitación.

Mi amigo, que responde al nombre de Eustaquio Melchor y al apodo de “Veloz”. Pensó de inmediato que el tema de conversación de ese grupo o chipén de señoras con olor a leña, que solo saben de frijoles, salsas y tortillas, así como lavar ropa, era ni más ni menos que la gazuza que en esos momentos atravesaba el poblado, debido a la pérdida de sus cosechas de maíz, frijol, chile y calabaza, por los constantes diluvios acuáticos que azotan desde hace algunas semanas.

El Eustaquio, como todo buen profesional de la oreja y conocedor de cómo hacer llegar los chismes, más rápido que Javier Alatorre de TV Azteca, pasó y se detuvo frente a ellas, para amarrar las agujetas de sus viejos zapatos que ya ni forma de bota tienen por el desmedido uso anual a que lo somete, a fin de escuchar parte de la plática o preocupación de este grupo de abuelas de la tercera edad que ya reciben lo del “Bienestar” gubernamental, cinco veces al año.

Una parte muy corta de esa plática escuchada me la confesó mi amigo el día de hoy. La verdad, para que les miento, no se la creí, pues conozco de sobra su capacidad de cambiar la realidad, pues sus pláticas han sido siempre poco confiables. Según él, todo se trató de un asunto de amas de casa, donde la preocupación de ellas se centraba en lo que en este pueblo se conoce como archiperres. Algo que lamento no poder explicarles a mis lectores, por no ser ama de casa y no saber ni entender nada de trastos viejos inservibles de cocina, que siguen siendo una penosa molestia para nuestras respetadas mujeres domésticas, que desde siglos siguen en la cocina sin reconocimiento y remuneración alguna.

Les recomiendo investigar (a manera de tarea) las palabras antiguas en peligro de extinción que se señalan en modo de cursivas.

sagare 32@outlook.com