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René Sánchez García

Hoy las hablaré de una máquina que ya no existe. No se trata de aquellas máquinas que hicieron posible la aparición de la industria, tampoco de eso que algún día llamaron máquina del tiempo, mucho menos de aquello que gracias al vapor corrieron por las vías, jamás de lo que hizo esa máquina al arrebatarle el título del futbol nacional a los Pumas de la UNAM. Me centraré a lo que sucedió en el año de 1868, cuando Christopher Latham Sholes patentó un 23 de junio de ese año. Cuando decidió vender sus diseños a la Casa Remington de Nueva York, esto es, la primera máquina de escribir mecánica con teclas y un rodillo, a la cual se le colocaba papel, para que, por medio de una cinta a color negro, dejara estampada las ideas de manera permanente.

Esta primera máquina sólo contenía tipos en mayúsculas. Después con el tiempo vinieron las minúsculas, los números y los signos. Cuentan las historias que la línea italiana Olivetti perfeccionó este instrumento de la escritura. Y que el modelo Lettera 22 fue la más preferida y utilizada en el nuevo siglo XX, cambiando para siempre que los escritores presentaran sus trabajos a las editoriales de manera manuscrita, con tinta de pluma fuente, así como de manera lo más legible posible, hasta llegar así a la publicación de la obra. Hoy todo eso es solo historia, pues en pleno siglo XXI, los teclados digitales de computadoras, tablets y teléfonos celulares (junto a la internet), han facilitado todo esto de la difusión de la cultura universal, llegando en pocos instantes hasta los rincones más apartados del planeta.

Cuentan los relatos (según José Rivera Guadarrama, en su artículo de La Jornada Cultural número 1629), que el Mark Twain, quien escribió su ya famoso libro Las aventuras de Tom Sawyer, que nunca pudo utilizar ninguna de las muchas máquinas de escribir que adquirió, asunto que lo ponía de muy mal humor y enojo constante, por lo que se vio en la necesidad de contratar una asistente para que le ayudara a mecanografiar sus textos. Igual, dice Rivera, le sucedió a otros escritores como Henry James, Thomas Hardy, George Meredith, John Galsworthy, entre otros muchos más. Lo terrible era que para corregir o aclarar una o varias ideas u omisiones, se debería rehacer totalmente muchas páginas. Lo cierto es que estas máquinas de escribir mecánicas “aumento la velocidad de la escritura, mejoró la legibilidad y uniformidad del texto, cambiando las prácticas comunicativas y administrativas de aquella sociedad”.

Como recuerdo imborrable, hoy podemos notar que el teclado QWERTY permanece en los actuales teclados digitales de computadoras, tablets y teléfonos celulares. Queda en el nostálgico recuerdo de las viejas generaciones de estudiantes, empleados y capturistas el característico sonido de las teclas al presionarlas, el ruido de la palanquita de cambio de línea, el rebobinar la cinta, las manchas en las manos de la cinta negra o roja, el papel hecho bola hacia el bote de basura, la goma o el corrector de papelito para las equivocaciones y la desesperación de luchar contra el tiempo.

sagare32@outlook.com