AL RECUERDO DE JOSÉ VIVEROS SÁNCHEZ

Por Rafael Rojas Colorado
Eran los albores de los años sesenta, no recuerdo el día, pero si tenía presente que se casaba mi tía Reina con José Viveros Sánchez. Tampoco recuerdo si fue comida o desayuno, pero la novia vestida de blanco se notaba muy feliz, el novio con juvenil sonrisa, bigote bien recortado al estilo de Pedro Infante, cabello un poco abultado al frente, pantalón negro y camisa blanca; esa fue la costumbre de ese tiempo. Nunca he olvidado que mi mamá me dijo que felicitara a mi nuevo tío, lo abracé de las piernas y levantando la mirada hacia su rostro le dije, tío, muchas felicidades, jamás he olvidado ese momento.
Los años pasaron y se hicieron padres de familia y la adolescencia me comenzó abrir los brazos, no tenía nada claro nada en la vida y el me invitó a que lo ayudara en su oficio de albañilería, no me agradaba mucho, pero no podía desaprovechar la oportunidad de trabajar en algo, así es que me convertí en su ayudante por un tiempo. Recuerdo que en Coatepec estuvimos en algunas pequeñas obras, me llevó a Xalapa, no recuerdo cómo se llama la unidad habitacional en la que trabajamos, pero de principio a fin se llevó a la realidad, mucha gente trabajo en esa obra que está frente al estadio xalapeño. Otra obra fue en Tuzamapan, en ese ayer estaba de moda la canción “Que nadie sepa mi sufrir” de Rafael, cada vez que la escuchó a mi vienen esos gratos recuerdos. Pronto tomé otro camino y el siguió en su oficio que lo llevó por varios estados de la República Mexicana.
Su experiencia crecía, pues a pesar de solo contar con estudios elementales comenzó a interpretar planos y a desarrollar cálculos, cubicar y en sí la aritmética siempre la aplicó a su favor destacándose y ganándose el reconocimiento de maestro, así lo llamaban arquitectos e ingenieros civiles con los que trabajaba. Sin embargo, el alcohol comenzó a dominarlo, fue una época muy oscura en su existir, nada funcionaba. Un hombre valioso como él y vencido por una baja pasión no se podía permitir dejarlo solo e indefenso frente a ese depredador de hombres que es el vicio del vino. Fue entonces que me apoyé en un compañero de trabajo que vivió circunstancias parecidas y salió adelante en Alcohólicos Anónimos. Martín Juárez (Pachencha de dios) se avocó a convencerlo para llevarlo a esos grupos y me iba comunicando el progreso del tío José, después de un tiempo, todo fue como un sueño y se recuperó, salió adelante victorioso y solo le quedaba avocarse al trabajo, pero ya no era joven y las cosas se complicaban, fue entonces que, con la indemnización de su esposa, comenzaron un negocio en lo que él conocía, la construcción. La primera casa que levantó fue en la 22 de septiembre, la vendió y el paso estaba dado, siguió exitosamente en ese rubro que le proporcionó una economía saludable para el bien estar de la familia. Vinieron los nietos y la edad también, pues los años jamás los detiene nadie.
El tío José, poseía mucha paciencia, el tiempo no fue ya muy importante para él, platicaba a los amigos y familiares sus experiencias de vida y también escuchaba con atención a los que se desahogaban con él. Siempre amable, afectuoso y comprensivo. Se tornó familiar en muchas calles por las que transitaba a paso calmo. En el parque Miguel Hidalgo de su pueblo, se reunía con sus amigos para conversar o expresar alguna sana broma. Fue muy aficionado al beisbol, no fue deportista, pero disfrutaba los juegos y los vivía a plenitud. Tenía muchos dichos, por ejemplo, “Adelante y con paso de vencedores”, “Pa que te escribo si leer no sabes”, “Órale mi Veracruz, échese un farolazo”, “Vieja, sírvele a mi compadre un santo Tomás, nomas pa ver si hay boruca”, entre otros más.
José Viveros Sánchez fue un oficial de la albañilería, me gustaba decirle apóstol de la construcción, gracias a este oficio cada día consiguió el pan y la sal para alimentar a su familia, tuvo errores como cualquier ser humano, pero también muchas virtudes que lo cincelaron como un hombre ejemplar en la vida. El seis de mayo se cansó de caminar, durante noventa y tres años tuvo alicientes, pero ya no había nada que realizar, prefirió descansar y cerró sus ojos para siempre, su legado ya estaba esculpido como ejemplo de vida para cada uno de sus hijos, nietos y descendencia en general. Dios recogió su alma para llevarla al paraíso, su cuerpo queda en el panteón municipal para todo aquel que desee seguir conversando con él, pueda visitar su tumba. Hasta siempre tío José.