Especial

Blanca Estela

Comparte

 

 

Juan A. Morales

 

Atraído por el Danzón llegué al pueblo donde los pájaros alborotan en los liquidámbares y las esferas luminosas, como diminutas lunas asoman entre las flores rojas de los Tulipanes y las personas se arremolinan en el Kiosco con los primeros compases de la orquesta, entonces una mujer espigada —vestida de gaza color Escarlata Pasión que dibuja sus formas generosas— me coquetea, abanica con gracia la fragancia del sándalo, prende una orquídea a su cabello y me tiende la mano para invitarme a bailar —Soy Mirna —me dice y siento la pesada mirada de un hombre —con sombrero Panamá, zapatos blancos y guayabera— que se pavonea pero ella no lo ve, en cambio toma mi mano y el engreído deja ver el “fierro” que lleva encajado al cinto.

 

Más allá del parque se escucha el jolgorio de las cafeterías, los turistas que conversan, los meseros solícitos que llenan las tazas del café, cuyo humeante aroma busca acomodo en el ambiente y en ese momento se ilumina la parroquia y la seda sutil de la niebla cobija al pueblo. Avanzamos, ella a mi derecha, nuestros dedos apenas se rosan, encontramos un espacio y en los once tiempos del primer estribillo se coloca frente a mí, con el pie izquierdo separado del derecho que arrastra hasta juntar las zapatillas forradas de satén púrpura. Su mano izquierda se apodera de mi hombro, su derecha firme, la sonrisa amplia y su mirada hurga en mis ojos. Sincronizados con otras parejas, bailamos formando un imaginario cuadro en el pavimento y la colección de vestidos y tocados de flores hacen que la noche sea única para mí, pero no para el hombre que me ve resentido.

 

Los bien marcados compases se amoldan a su cuerpo como si ella dirigiera la orquesta con la cadera, su mirada de fuego me provoca un escalofrío que baja por mi columna vertebral y la vellosidad de mis brazos se yerguen como pelo de gato e inician nuestros cuerpos un diálogo cuyos movimientos hablan de cosas que nuestras bocas jamás pronunciarían. Tiene la frente perlada, una pequeña gota rueda por su cuello para buscar acomodo en su escote, en el segundo estribillo se abanica, le ofrezco un albo pañuelo de lino que se roba esos efluvios que enardecen mis sentidos.

 

<<Bailar danzón —decía mi abuela— es como hacer el amor con ritmo, pasión, entendimiento…>>. Al final del segundo tercio se mueve lenta pero elegantemente, disfruto su proximidad, oprime mis dedos, percibo que la sensualidad emana por sus poros, nos hacemos uno, como dos medias naranjas y el rápido aleteo de sus fosas nasales me orillan a dar “un paso más”. Mis diestros dedos columbran las vértebras en su espalda que se menean siguiendo la clave de la orquesta, sonríe galante, me susurra: <<tengo cosquillas>>. Llega el montuno, insinúo un giro que la llena de gracia, nos reencontramos, su aliento tibio se refugia en mi cuello, es el final pletórico y el bullir de su cuerpo me enerva.

 

Apenas terminamos me dice adiós, se lleva un dedo a los labios y me lanza un beso con su aliento, de pronto su mirada se torna sombría, se le desencaja el rostro, busca una vía de escape, pero el hombre con descaro deja ver el “fierro”, dos guaruras nos rodean, se me hiela la sangre y en una revelación milagrosa, Mirna —que tiembla de pies a cabeza— cambia de expresión, corre a recibirlo y el director de la orquesta, que no pierde detalle, anuncia <<¡Ey, familia! Danzón dedicado a don Perjuro Galindo y a su distinguidísima esposa>>.

 

No se me ocurre qué hacer, estoy atrapado a mitad del Parque e inicia Blanca Estela —danzón con el que me enseñó a bailar mi abuela— el hombre jala a su esposa, sus gorilas se aproximan pero una mujer, que no hace mucho debió ser muy bella, me toma la mano, hace una entrada fabulosa de once tiempos <<Baila —me dice— o mi hijo te hace picadillo, que te vio con la resbalosa de la Mirna>>. Me trata con familiaridad, hace gala de su sapiencia danzonera, los bravucones se alejan, don Perjuro Galindo me sonríe con torpeza y comprendo que soy víctima en un juego perverso.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *