CREO MÁS EN LA MEMORIA QUE EN LA MATERIALIDAD: RADIC CLARKE

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Agencia Reforma

Ciudad De México 10 mayo 2026.- La arquitectura de Smiljan Radic Clarke, con su experimental indagación que trasciende las tipologías convencionales, apuesta por algo más duradero que la mera permanencia bruta de los materiales.

 “Yo creo más en la memoria que en la materialidad”, afirma en entrevista el proyectista chileno laureado con el Premio Pritzker 2026, máximo galardón de la disciplina que le será entregado este lunes en el Castillo de Chapultepec.

 De ahí que en el quehacer de Radic Clarke (Santiago de Chile, 1965) haya un singular esfuerzo por crear experiencias que se afiancen desde la dimensión emocional de los espacios, siempre privilegiando para ello la presencialidad.

 “Si alguno de nuestros proyectos pudiera perdurar en la memoria como legado, para mí sería importante, más que sostener un edificio para siempre”, expresa el autor de instituciones culturales, espacios cívicos, edificios comerciales, residencias e instalaciones temporales, entre otros trabajos.

 “Es mucho más complejo, más pretencioso si uno quiere ponerlo de alguna manera, pero tiene más sentido”, agrega el arquitecto formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia.

 Mientras que la familia de su madre era originaria del Reino Unido, los abuelos paternos de Radic Clarke emigraron desde Brac, Croacia. En casa, recuerda, no se hablaba croata, y no fue sino hasta sus años formativos que se reencontró con esa raíz eslava.

 “En realidad, yo recobré la relación con Croacia una vez que me fui a estudiar a Venecia y me relacioné con mi mujer (la escultora Marcela Correa), que sí tuvo relación con escultores que trabajaban mucho tiempo en Istria”, cuenta el chileno, desde hace unos años miembro honorario de la Academia Croata de Ciencias y Artes.

 Si bien no se aventura a decir que tal herencia hubiera permeado su forma de crear, Radic Clarke sí reconoce ciertos elementos de la experiencia migrante como fundamentales en su visión de la arquitectura.

 “Hay gente, y lo fue mi abuelo, que acarrea con ellos una cantidad de memorias importantes, unas memorias que pertenecen a un lugar específico. Y por otro lado, en contradicción o paradójicamente, se tienen que adaptar a un nuevo lugar, y eso significa tener una cierta flexibilidad mental, flexibilidad para adaptarse a los contextos y sacar el mejor provecho y la mejor habitabilidad de esos contextos.

 “Esas dos maneras de ver las cosas, acarrear memorias con uno y adaptarse a los contextos, son cosas que yo creo que sí son muy importantes en la arquitectura”, remarca el proyectista que se convirtiera en el segundo chileno en recibir el Pritzker, después de que Alejandro Aravena, hoy presidente del jurado del galardón, lo recibiera en 2016.

 El fallo destacó que, aunque en apariencia austera o elemental, la obra de Radic Clarke en realidad entraña una construcción e ingeniería muy precisas, generalmente mediante una yuxtaposición de materiales industriales y naturales.

 El pabellón temporal hecho en 2014 para la Serpentine Gallery de Londres, acaso su obra más conocida, da cuenta de ello a través de esa carcasa translúcida de fibra de vidrio suspendida sobre monumentales piedras tosca, propiciando no nada más un juego con la iluminación sino con relación misma entre refugio y naturaleza.

 En el Restaurante Mestizo, en Santiago, un techo horizontal sostenido por enormes piedras de cantera se extiende a través del paisaje. Y en la Casa para el Poema del Ángulo Recto, diseñada en colaboración con Correa en la localidad chilena Vilches, gruesas paredes y aberturas cuidadosamente orientadas enmarcan la luz, el silencio y el bosque circundante.

 Así, la arquitectura de Radic Clarke resulta el punto de encuentro entre paisaje, clima y ocupación humana.

La apuesta arquitectónica

 La arquitectura que granjeó a Chile su segundo Pritzker -ganado sólo por un mexicano en 1980, Luis Barragán- sobresale también por favorecer la fragilidad sobre cualquier pretensión de certeza.

 Se trata de una apuesta por la impermanencia que se manifiesta en edificaciones apenas si ancladas en la superficie y que pueden parecer temporales, inestables o deliberadamente inacabadas -al borde del colapso-, y, pese a todo ello, no dejan de proporcionar refugio.

 Radic Clarke explica que, en los 90, a mediados de los cuales estableció su estudio homónimo, su inconsciente búsqueda sobre los edificios con los cuales uno podía identificar a Chile derivó en lo que tuvo a bien llamar “construcciones frágiles”.

 Un tipo de edificación sin raíces en la arquitectura y cuya existencia dependía por entero de una sola persona, además de hacerse con materiales a la mano en el entorno más próximo; “hay una cierta flexibilidad constructiva que es muy importante”, apunta.

 “Todas esas características son parte de una cierta fragilidad, de una cierta manera de leer la realidad”, remarca el proyectista, quien veía en ello una lógica distinta a lo que se instruía en la academia. “Todas esas características me encantaría que estuvieran en mis construcciones”.

 Radic Clarke preside la Fundación de Arquitectura Frágil, institución creada en 2017 y que a través de una vocación experimental preserva su creencia acerca de que la arquitectura debe seguir siendo una práctica cultural abierta y en evolución.

‘La arquitectura no va a salvar el mundo’

 Radic Clarke, cuya labor se ha caracterizado por un compromiso constante con la experimentación y la especificidad contextual, no cree en los remedios globales.

 Lo dice así a propósito de lo que la arquitectura puede lograr ante la crisis climática actual.

 “El problema es que (el panorama) es tan diverso y depende de tantos lugares y de tantos protagonistas, que no solamente es la arquitectura; quizás la arquitectura es casi el pariente más inofensivo en todo este cuento. (La crisis) depende de políticas de Estado, de maneras de usar la energía, de problemas que son mucho más grandes que la arquitectura.

 “En general, la arquitectura es muy lenta; entonces, su capacidad de reacción también es muy lenta. Y es por eso que casi no se puede proponer como un remedio, pero sí proponerse como una evolución hacia algo mejor, obviamente, y hay que hacerse responsables de estos problemas”, opina el proyectista.

 Es por ello que enuncia con mucha claridad: “La arquitectura no va a salvar el mundo, de eso estoy seguro. Puede contribuir a, pero no lo va a hacer”.

 “Lo único que sé es que hay buenas soluciones y hay malas soluciones. Ojalá uno tuviera siempre buenas soluciones, y buenas soluciones de manera de manera permanente, permanente no en el sentido material, sino en el sentido de que fueran un legado bueno para el futuro.

 “La gracia, yo creo que la gran bondad de la arquitectura es que hay muchas maneras de resolver un mismo problema; si hubiera una sola manera, estaríamos todos haciendo lo mismo, lo cual sería un gran aburrimiento. Hay muchas maneras de abordar un problema y resolverlo de buena manera; entonces, hay que buscar esas estrategias”, concluye Radic Clarke.