CUANDO EL AGUA DESBORDA TAMBIÉN LAS CERTEZAS

UN CAFÉ DESDE EL DIVÁN
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“Los desastres no solo destruyen casas; también ponen al descubierto las grietas de nuestra sociedad.”

 

Las imágenes del norte de Veracruz en los últimos días estremecen: ríos que se salen de su cauce, calles convertidas en corrientes de lodo, familias enteras que pierden sus viviendas, miradas que, entre el asombro y la impotencia, buscan dónde un punto de anclaje a la loca realidad que presencian.

 

Desde la psicología social y la salud colectiva, hablar de desastres implica comprender que ningún fenómeno es solo “natural”. Los huracanes, lluvias intensas o desbordamientos de ríos son eventos que, sin duda, escapan al control humano. Pero los desastres —la pérdida de vidas, de hogares, de infraestructura— se agravan por las condiciones sociales, económicas y políticas que los preceden. En otras palabras: el agua arrasa más donde ya había desigualdad.

 

En cada tragedia se repite el mismo guion: comunidades vulnerables asentadas en zonas de riesgo, falta de infraestructura, drenajes colapsados, ríos sin mantenimiento y autoridades que actúan tarde. Sin embargo, detrás de ese guion hay un componente emocional profundo: la sensación colectiva de indefensión. Esa idea de que “no hay nada que hacer” frente a la fuerza de la naturaleza, cuando en realidad lo que falta no es poder, sino voluntad y organización preventiva.

 

El psicoanálisis nos recuerda que el trauma no surge solo del evento, sino del modo en que se vive y se simboliza. En contextos como estos, el trauma no es individual, sino compartido. Es un trauma comunitario. Cuando una comunidad ve desaparecer sus casas, sus recuerdos, sus vecinos, lo que se pierde no es solo lo material, sino el sentido de continuidad, la confianza en el entorno, la certeza de que mañana será como ayer.

 

Las familias afectadas por el desbordamiento de los ríos no solo enfrentan pérdidas físicas, sino también un duelo psicosocial. Pierden sus rutinas, sus redes de apoyo, su lugar en el mundo. Desde la psicología social, este tipo de pérdidas exige reconstruir no solo las viviendas, sino los lazos, los proyectos y la confianza. De poco sirve entregar despensas si no se reconstruye también la esperanza.

 

Resulta urgente replantear la forma en que entendemos los llamados “desastres naturales”. Nombrarlos así, de manera automática, nos exime de responsabilidad. Pero los desastres son también el resultado de un modelo de desarrollo que ha privilegiado el crecimiento urbano sin planificación, la tala indiscriminada de bosques, el desvío de cauces y la negligencia ambiental. Cuando se combina la fuerza de la naturaleza con la fragilidad social, el resultado es devastador.

 

La psicología social nos enseña que la vulnerabilidad no es un rasgo, sino una condición producida. Las personas no “son vulnerables” por naturaleza; se vuelven vulnerables por la precariedad de los servicios, por la desigualdad económica, por la exclusión histórica. Así, los desastres no afectan a todos por igual. Los más pobres, los más olvidados, son siempre los más expuestos.

En estos días, entre las imágenes de destrucción, también se asoma la solidaridad. Desconocidos que comparten lo que tienen, jóvenes que ayudan a limpiar, comunidades que organizan colectas. Esa respuesta espontánea es una forma de resiliencia social: el impulso de cuidar, de acompañar, de reparar el daño juntos. Sin embargo, no debería ser siempre la ciudadanía la que cargue con la tarea de recomponer lo que pudo prevenirse.

 

Desde una perspectiva psicosocial, la prevención también fortalecer el tejido social, promover la organización barrial, recuperar la confianza entre la población y las instituciones. Cuando las comunidades se conocen, se escuchan y se apoyan, también están mejor preparadas para enfrentar la adversidad. La organización colectiva es, en sí misma, una forma de salud mental.

 

Por eso, frente a las imágenes del agua desbordada, es importante no quedarnos solo con la empatía momentánea. Hace falta una conciencia crítica que entienda que la prevención es una forma de justicia. Que cuidar los cauces, reforestar, educar, planificar y atender las causas estructurales de la desigualdad no son tareas accesorias, sino decisiones políticas que salvan vidas.

 

El norte de Veracruz, como otras partes del mundo, no solo necesita apoyo material. Necesita reconocimiento, acompañamiento emocional y políticas que pongan la vida al centro. Porque reconstruir muros es importante, pero reconstruir el sentido de comunidad lo es aún más.

 

Y así como el café acompaña la conversación que reconforta, quizá también podamos acompañar estas tragedias con acciones concretas: informarnos, solidarizarnos, exigir a las autoridades y, sobre todo, no olvidar cuando el agua se retire.

 

Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.

 

Paulo César Soler Gómez

Contacto: psoler@live.com.mx