
DE LOS DE A PIE
René
Sánchez García
La semana pasada en los medios
electrónicos informativos, apareció una entrevista que un medio
televisivo español le realiza a la escritora nacionalizada mexicana: Elena
Poniatowska Amor (París, 1932), previo a la entrega de un merecido
reconocimiento a su labor, que se efectuará allá en el viejo continente. La
conductora del programa le pregunta sobre lo que hablará en el momento de
recibir su premio. Nuestra querida Elena le responde sin titubeo alguno lo
siguiente: “Voy hablar de los de a pie, voy hablar la gente común y corriente a
la que pertenezco y a la que amo. Voy hablar de un México mucho más pobre que
España. Voy hablar de una América Latina que ya echó a volar sus grandes alas,
según García Márquez. Sobre los 100 años de retraso que tenemos sobre los
países del mundo. Voy hablar también sobre sortilegios, maravillas, de
creencias, de soles, porque finalmente, todo América Latina es el pueblo del
sol”.
A lo largo de la
historia, muchos escritores de nuestra América Latina han hablado de los de
Abajo; no sólo de aquellos pobladores indígenas que se atrevieron a hacer
realidad la independencia de sus países; o de los campesinos y obreros pobres
que apoyaron las luchas de las revoluciones internas para sacudirse del yugo a
que nos han sometido los dueños de los capitales extranjeros; o bien de todos
aquellos hombres, mujeres y niños que estuvieron siempre presente para abatir
las dictaduras militares; o de todos aquellos que aún se encuentran
construyendo sus democracias a su estilo y conveniencia. Porque si de algo
debemos estar seguros, es que históricamente, en cada uno de los casos de
liberación de esos pueblos, jamás estuvieron a lado de todo ese montón de pobres,
los intelectuales que tienen conocimiento, la gente comerciante dueña de los
dineros, los partidos políticos de entonces, o los creyentes de las distintas
ideologías divinas.
En la actualidad en
nuestro querido pueblo coatepecano, pese a las reformas llamadas del Bienestar,
donde se menciona a menudo: “En México,
primero los pobres”, sigue prevaleciendo o sin terminarse las diferencias
de clase social, laboral o económica, pues es común encontrar, sobre todo en
los lugares públicos (mercados, parques de recreo o deportivos, terminales de
autobuses, carreteras y caminos, entradas a los servicios bancarios, lugares
religiosos, hospitales o centros de salud populares, etc.), a todas esas
personas que son aún víctimas del desprecio social, del olvido oficial, del
compromiso de la fe, o simple y sencillamente de la indiferencia de todos y
cada uno de nuestros paisanos. Sabemos todos que una moneda o una expresión de
lástima no soluciona la problemática social existente; pero igual todos sabemos
que la labor humanitaria en conjunto puede ser el inicio de cualquier cambio.
Mi reconocimiento va para
aquellos que sin la más mínima ayuda logran tener un bocado para sobrevivir:
ancianos abandonados pidiendo limosna, niños y niñas mandaderos o de
cargadores, vendedores de sol a sol que pasan inadvertidos, incapacitados que
se arriman a comercios de alimentos, señoras que ofrecen sus servicios frente a
las sucursales bancarias, jóvenes drogadictos que deambulan por las calles,
recogedores de cartones y plásticos, cantantes callejeros que nadie escucha,
limpiadores o lustradores de zapatos ya viejos y olvidados, vendedores de
periódicos y revistas recorriendo toda la ciudad, asaltantes de personas o
rateros de domicilios con demasiada juventud, chicos y chicas con flojera
incurable, repartidores de volantes comerciales negros de sol, choferes
taxistas que no reúnen la cuenta para el patrón, motociclistas repartidores que
abandonaron la escuela por unas escazas monedas, jóvenes escolares egresados
que a diario buscan un empleo para sobrevivir, gente de a pie de todas las
edades con sus sueños rotos…