FILOSOFIA PARA HORIZONTAL
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Por Jennifer Rodríguez Pacheco

La relación maestro-discípulo se ha establecido desde hace miles de años en la historia de la humanidad y en la cimentación del conocimiento. Se trata de una figura respetable, que comparte sus enseñanzas con quien tiene la apertura de escuchar y aprender de él. No por obligación, sino por admiración.

En la historia antigua, tanto en Occidente como en Oriente, existieron varias figuras icónicas que establecieron una relación maestro-discípulo que ha perpetuado hasta nuestros días. Se trata de Sócrates, Jesús y Buda. Esta triada, que, sin bien, cada uno tuvo una “misión” distinta, en diferentes época y espacio geográfico, guardan elementos en común.

Maestros ágrafos

Aparte de ser los mayores representantes de sus movimientos filosóficos, religiosos y espirituales, resulta interesante la manera en la que transmitieron su pensamiento, pues una coincidencia es que no escribieron nada. Su paso por el mundo solo lo conocemos gracias a las enseñanzas repetidas y preservadas por sus discípulos.

Maestros de vida

Sus enseñanzas abordan profundamente nuestra condición humana y nuestra manera de relacionarnos con los otros. Fueron considerados figuras morales, porque sus enseñanzas tenían una base ética, pero a la vez, con un carácter fuerte y desafiante.

Y al menos, dos de estas figuras antes mencionadas —Sócrates y Jesús— fueron condenados a muerte injustamente por ser críticos de la sociedad. Aun así, la muerte no detuvo su victoria intelectual.  Jesús, con una trascendencia espiritual, marcaría un antes y un después de la historia de la humanidad; y Sócrates haría lo mismo en la historia de la filosofía, inmortalizado en la obra de su mayor discípulo, Platón.

La sabiduría vida que transmitía Buda, también dependía de la oralidad, pues en esa época, el uso de la escritura era escaso, pero además había un mayor peso en la enseñanza compartida como consejo y experiencia, fuera del ego de creerse poseedor de una verdad absoluta y permanente. Lo importante era dejar una inquietud en sus seguidores.

No escribieron nada, porque toda la importancia se daba a la oralidad. El mensaje se quedaba en la memoria colectiva, y aquí radica la importancia de sus discípulos: confiamos en ellos, – como nuevos maestros- gracias a sus testimonios, contamos con el legado de estas figuras espirituales y humanistas, con un mensaje de amor, compasión y conocimiento de sí mismo.

Hoy, en la era digital, las figuras públicas han cambiado. Ya no hablamos de discípulos, sino de seguidores. Quien tiene nuestra atención muchas veces aparece a través de una pantalla. Ya no es un conocimiento que pasa de boca en boca, sino de vista en vista. Y podríamos señalar que, más que enseñar, ahora muchas veces se busca entretener, con un material sin contenido, que encaje en el algoritmo.

¿Todavía existen verdaderos maestros —sin hacer referencia a los maestros de aula— o solo figuras de atención pública? ¿Quiénes son las figuras que ahora seguimos? ¿Líderes políticos o influencers? ¿O una combinación de ambos?

Las figuras icónicas que ponía al inicio eran admiradas profundamente por cómo vivían. Hoy podríamos decir que ocurre algo parecido, pero desde un sentido de opulencia, el estatus, los viajes, la rutina perfecta o lo que la cámara proyecta. Los primeros destruyen el ego; los segundos, lo alimentan.

Esto no es una crítica amarga la era digital, o una nostalgia barata por decir “antes las cosas eran mejores”. De hecho, aquellas figuras antiguas siguen vigentes hasta nuestros días. Sus enseñanzas lograron perpetuarse a lo largo de la historia de la humanidad. Las otras, en cambio, son un valor más superfluo, corren el riesgo de durar apenas lo mismo que dura una historia en redes sociales.