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Por Rafael Rojas Colorado

            Aquella mañana un solitario turista cruzó un puente para entrar a un pueblo, el puente libraba el cauce de dos riachuelos que serpenteaban bajo los dos arcos que lo sostenían. A su vista y a distancia un nevado de blanca cresta, siguió avanzando y muy pronto le dio la bienvenida un busto de la señora María Enriqueta, poeta nacida en este suelo, pero vivió por años en Europa, solo la saludo y prosiguió su camino por una avenida que parecía develarle que, años atrás, por ella se deslizaba el piojito, trenecito de aquel ayer que decoraba el paisaje, el turista suspiró. Alguien le señaló la ancestral cantina Estrella de Oro, decidió entrar, admiró los espejos franceses que por sí mismos contaban su propia historia, mismos que, en su visita a Coatepec, conoció don Porfirio Díaz Mori. El que atendía la barra le sirvió una copa de una bebida espirituosa, “Media Cuadra”, le anticipó sus efectos y le narró la triste situación del general Arnulfo R. Gómez, el antirreeleccionista que, en ese espacio, fue enjuiciado y arbitrariamente fusilado en el panteón municipal del pueblo; el turista imagino aquellas afligidas escenas que marcaron la historia de México; solo se tomó media copa, pues no se arriesgó a tan drásticos efectos de esa bebida.

            El turista se decidió a caminar plácido, pues ya se encontraba en el centro histórico de la ciudad, se detuvo a contemplar el templo de san Jerónimo, con su fachada llena de símbolos teológicos e imaginó que se trataba de una obra iniciada por los evangelizadores franciscanos, no estaba equivocado; cruzó la calle y se situó en el parque donde reposa el monumento del cura de la independencia, Miguel Hidalgo y Costilla, -construida en Italia-, conversó con un betunero mientras le lustraba sus zapatos, este lo aleccionó acerca de la construcción del parque en el año de 1878, de muchos cambios durante ese tiempo, lo mismo del palacio municipal, un pequeño inmueble erigido en 1832 y transformado tal y como se veía en la actualidad. El turista agradeció y admiró la arquitectura colonial, casas grandes con patios en el centro de su interior, pero ya convertidas en restaurantes y cafés. A su vista el café La Parroquia, parecía llamarlo y aceptó la invitación como si aspirara la brisa del mar, solicitó al camarero un café lechero, estaba cierto que no es lo mismo que un café con leche, simplemente, por la manera de la preparación e advirtieron que ese café se cultivaba en las tierras montañosas y boscosas de la sierra de Huatusco, pero por su gran altura se comportaba apto para el paladar más exigente, mientras lo saboreaba la atención del mesero fue mucho más allá que atenderlo con los postres, le contó que ese espacio fue una casa que perteneció al señor Juan Martínez Ruiz, el más rico cafetalero de su tiempo, se refería a la mediación del siglo XX.

            El turista siguió caminando por esas calles que le comunicaban, implícitamente, un pasado, un folclor, y llamaron su atención las torres de la Rectoría de nuestra señora de Fátima, una humilde capillita que el alma alada del padre Ángel Sánchez inició por los años treinta y en los cincuenta la inquietud del doctor Benjamín Ayala con trabajo y ayuda de la comunidad la transformó en una hermosa iglesia de tres naves para que la feligresía escuchara misa e hiciera sus oraciones, vaya belleza de la arquitectura sacra.

            Dio vuelta a la manzana y cruzó frente al mercado Miguel Rebolledo, data del año mil novecientos cuarenta y cinco, antes se comerciaba en el atrio de la parroquia de san Jerónimo y en el parque, también este espacio está pleno de historia, lugar donde el pueblo se abastece de verduras, pescado, carne, queso, frutas y legumbres y evoca los pregones en las calles como un eco que ya se apagó. El turista se dirigió a la paletería y nevería “Los Dos Polos”, negocio de tradición, empezó su aventura frente al mismo mercado y ahora en la tercera de Miguel Lerdo recibe a sus clientes, alguien le hablo de Blas y se lo presentaron en una fotografía, lo apreció sonriente, lástima que ya no estaba presente físicamente. El turista se despidió de esa familia y regreso al parque, compró churros azucarados y se sentó a degustarlos frente al palacio municipal, ya conocía su historia y que en un tiempo cedió un espacio para hospital de sangre, igual que junto se acuartelaba el 21 batallón y también sirvió para dar de comer a muchas personas. Los neveros lo llevaron a calles muy provincianas, empedradas y mágicas repartiendo sus a mantecados por aquellos años vestidos de un sosiego que solo lo irrumpía el bullicio de niños y niñas que salían de clases de las cuatro escuelas existentes por aquel ayer: Benito Juárez, Juan de la luz Enríquez, para niños y la José María Morelos y Pavón, también la Miguel Hidalgo para niñas, qué tiempos aquellos a principios de los años sesenta cuando la naranja y el café estaban en su auge.

            Después de un breve descanso el turista sintió deseo de subir al cerro de las culebras, tal parece que desde la distancia Cristo Rey lo llamó con insistencia a la cima que servía de mirador. Desde ese punto su vista se extasió con la fisonomía de un pueblito con tejados que parecía una alucinación, le pareció una fantasía disfrazada de realidad. De ese punto observó muy de cerca la iglesia El Calvario, sus dos torres góticas buscando besar al cielo y estrenando campanas, una dedicada a la virgen de Guadalupe, otra a san Andrés apóstol, y gravado el nombre del padre Erick Aguilar García y la más pequeña lleva el nombre del sacerdote Bernardo Villarreal. Este templo tuvo como primer capellán al presbítero Eulalio Cazares Bernache, aquí se guardan recuerdos emotivos, como los restos del sacerdote poeta Juan Pablo Estévez Cuevas, pastor del rebaño de Dios que ofreció la primera homilía cuando el templo abrió sus puertas a los feligreses el primero de octubre 1913. Mucho más a la lejanía, erguida lo saludaba la capilla de Nuestra Señora de la Luz, su cúpula similar a la de San Pedro en el Vaticano, allí estaba plasmado el espíritu de la arquitectura sacra; la cual anida una historia de amor por el trabajo y donaciones de los vecinos de ese barrio para verla concluida.

            Visitó la Casa de la Cultura y el museo de las orquídeas, luego, visitó al restaurante Arcos de Belém que presta servicio desde 1957, lo atendieron de maravilla, ordenó un mole con arroz, le presumieron que el mejor de la comarca, la verdad que el turista quedó más que satisfecho y finalizó su merienda acompañada de una buena taza de café negro de esta región.

            Ya muy tarde cuando el crepúsculo anunciaba la proximidad de la noche volvió a cruzar el puente solo que, a la inversa, pues ya se retiraba, se decía a sí mismo, cuanta historia contiene este maravilloso museo que acabo de visitar, espero volver pronto porque siempre está presente la sensación de caminar en el pasado. Premio estatal de periodismo.

 rafaelrojascolorado@yahoo.com.mx