
Cuarto de Guerra
EL PAÍS QUE FLORECE DESDE EL BARRO
Por: Alejandro García
Rueda
Cuando comenzaba su
periplo periodístico, el autor de estas líneas escribía más por impulso que por
oficio. Eran otros tiempos. Jugaba con la ironía, el sarcasmo, incluso con un
humor algo seco. Los puristas del gremio —esos que dictan lo que es
“aceptable”— no tardaron en recordarle que aquello que escribía no era, en
absoluto, lo que se podía considerar periodismo serio. Pero incluso entonces,
cuando la tinta era más traviesa que precisa, ya germinaba la intención de
fondo: analizar a los medios desde dentro, explorar el manejo de la
información, interpretar los mensajes detrás de cada narrativa política, no
como una afrenta, sino como una necesidad. Y aún hoy lo es.
México, aunque no era
el país de los atentados al Charlie Hebdo, ni donde un camión arrasó con la
vida de decenas en un mercado navideño, ni el escenario de maratones
ensangrentados o templos profanados, cargaba con lo suyo. La mochila pesaba. El
sol picaba. Y cada cuesta de enero se inclinaba un poco más.
Pasaron los años. El
cronista de antes se volvió más metódico, más curtido, pero no menos crítico.
Comenzó a ver cómo, paso a paso, algunas cosas realmente cambiaban.
Quién diría que el
salario mínimo pasaría de 88.36 pesos a 248.93 en 2024. Un incremento real de
más del 100 %, sin precedentes. O que la pobreza se reduciría del 41.9 % al
36.3 % en apenas unos años, y después, del 38.9 % al 32.2 % entre 2022 y 2024.
Los números dejaban de ser sólo cifras frías: empezaban a tener rostro, a
reflejar dignidad recuperada.
México pasó de 2.3 a
4.3 millones de empleos formales. La tasa de desempleo cayó a 2.7 %, el nivel
más bajo en décadas. Se hablaba de desarrollo, sí, pero por fin se tocaba
tierra en las regiones sur y sureste, donde florecieron obras, caminos, apoyos.
Sembrando Vida, Jóvenes Construyendo el Futuro, Becas Benito Juárez, el Plan de
Salud IMSS-Bienestar… los nombres de los programas ya no eran promesas vagas,
sino experiencias directas para millones. La deserción escolar bajó en
secundaria de 4.6 % a 2.4 %, y en preparatoria del 14.5 % al 8.5 %.
La percepción de
inseguridad también cedió: del 51 % al 45 %. Aún hay retos, sí, pero 49 % de
los mexicanos cree que la seguridad ha mejorado. En medio del ruido, la
presidenta Sheinbaum mantiene una aprobación del 80 % y ganó las elecciones con
un 60 % de los votos. Morena, su partido, logró el llamado “1,2” en la Cámara
Baja. Y sin ceder condiciones, México negoció con E.U. una prórroga de 90 días
para evitar nuevos aranceles.
Con ese telón de fondo,
la voz de quien escribe ha cambiado. Ya no es la del joven mordaz que buscaba
incomodar por el simple arte de hacerlo. Es la voz de quien ha caminado las
oficinas, ha cargado archivos en la madrugada, ha escuchado quejas en
ventanillas, ha sido parte de ese engranaje lento que a veces, también, se
atreve a transformar realidades.
Y en ese México que
algunos dicen dividido, él ha logrado encontrar semejanzas, puentes, instantes.
El sueño americano comienza a ceder terreno frente a una nueva ambición: el
sueño mexicano.
Por supuesto, el país
aprendió mucho de sus errores y, la patria chica, el municipio, lo entendió
todavía mejor. De aquel que dejó “el changarro encargado” para jugar al
estadista, creyendo que todo se resolvía con un “comes y te vas”. Del otro que
tomó los avioncitos y los tanques para dirigirlos al avispero. Del último, que,
sin más, se lanzó al despeñadero. Hay algo que, sin lugar a duda, permanece: la
promesa de que el porvenir es del pueblo. Y que, paso a paso o de golpe, —como
decía Guevara— va a conquistar el poder. Aquí y en toda la tierra.
El autor de estas
líneas ha visto de cerca la carencia que existe en las localidades, primero
como hijo de profesor, después como administrativo. Casas sobre el barro,
techos de lámina, cocinas con leña. Escuelas sin internet, pero con alumnos con
hambre de aprender. Familias con necesidades, pero con dignidad intacta. No
todos quieren ver esa realidad, pero cada vez son menos los ciegos voluntarios.
Y eso, en sí mismo, ya es una revolución transformadora.
Por eso, cuando en las
asambleas del pueblo llevadas a cabo en Coatepec —donde el nuevo presidente
municipal electo, Nacho Luna, camina, escucha con libreta en mano y agradece
con los brazos abiertos— la emoción brota con verdad, uno entiende que algo
está cambiando. Que ese gesto de abrazo genuino vale más y va de la mano con
sus promesas de campaña.
Con un atardecer
naciente, la reunión concluye. Nacho Luna estrecha manos, escucha una última
petición, saluda a sus colaboradores y se encamina al siguiente compromiso.
Se han cumplido dos
meses de la emisión de sufragios, la vida debe seguir su curso y, como es
natural en esta clase de procesos, comienzan a aparecer voces que hablan del
futuro con impaciencia, ojos que ahora evalúan con rigor a quien se encuentra
dentro de sus filas y miradas que solo se detienen a ver “moros con
tranchetes”.
Es comprensible: en los
pasillos se murmura, en los cafés se hacen quinielas, y en los chats privados
ya circulan nombres y apuestas sobre quién ocupará tal o cual dirección. Las
ansias de saber se confunden a menudo con la necesidad de confirmar lo que aún
no se decide. Pero esta pluma —que no ignora esas inquietudes— no se suma al
ruido. El mañana vendrá con sus propias noticias, sus propios tiempos, sus
propias revelaciones porque, citando a los clásicos, fuera de las voces
oficiales, todo lo demás es especulación.
El autor de estas
líneas, mientras tanto, toma fotos a destajo. Alguna será útil. Tal vez alguien
más la edite, la publique. Él, mientras tanto, piensa en cómo contar lo que
vio. En cómo darle sentido. Le queda la palabra. Le queda la conciencia. Le
queda esa incorrección política de sus inicios, fusionada ahora con la
convicción de que sí se puede transformar. Primero a uno mismo. Luego, con
suerte, a uno más.
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