Especial

Hospital Civil de Coatepec.

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Por: Norma Carretero Rojano

 

 

 

Cuan bonito puede ser recordar y saber cosas diferentes que quizás, no nos tocaron vivir o éramos muy pequeños cuando todo esto acontecía en nuestro Coatepec. El fin de semana pasado tuve la grata fortuna de convivir con un lugareño, quien lleva el amor a Coatepec en las venas; sus relatos, sus cuentos, sus anécdotas y gran parte de sus vivencias son un cumulo de emociones que, aun le llenan la vida. Presento a Usted querido lector, uno de estos relatos, descritos a detalle por aquel lugareño del que hago mención:

Tal vez, o seguramente, muchos coatepecanos habrán conocido a la señora “Heber” López López, enfermera del hospital civil de Coatepec y que, a principios de los años cincuenta estudió en la primera escuela de  enfermeras, misma que se ubicaba en la contra esquina del palacio municipal, si, la escuela se encontraba erigida en la casa de la distinguida familia Pérez Jácome.

En alguna parte de nuestros baúles del recuerdo, mis hermanos y yo aún conservamos de mi madre, su ficha de inscripción,  el plan curricular de la carrera de enfermería, y lo más curioso, con su nombre legitimo: María de Jesús Rufina López López, -no es que sea mi madre-, pero mujer con gran ética  y valor para trabajar, de un compromiso social que, actualmente creo, no se da mucho.

En esos años le tocó colaborar al lado de los doctores: José Polanco, Ricardo Palacios, Hugo Muro y algunos que por mi temprana edad no les recuerdo de nombre y de apellido, pero no por ello menos importantes en la vida profesional de mi progenitora, tal es el caso, por ejemplo, de la señora Eufrosina, otra enfermera de gran valía. Recuerdo muy bien que del lado de la calle de Hidalgo estaba el quirófano, siendo una aventura para mí –como chiquillo que era-, entrar a ver el equipo completo; de mosaicos amarillos, pero sobre todo, ¡el instrumental listo!; ver a  los enfermos dirigirse al recinto para ser intervenidos quirúrgicamente, quienes dormían por la anestesia o somníferos, y el séquito de doctores: ¡todos profesionales, distinguidos, ataviados en sus impecables uniformes azules, preparados con toda la asepsia debida para dar de sí los mejores resultados!… Una experiencia llena de sensaciones difíciles de explicar en todo su contenido. El hospital, desde ya,  contaba con laboratorio de análisis clínicos, sala de rayos x, sala de curación, sala de distinción, para hombres y mujeres, todo techado con teja de barro; debieron pasar años para que se edificara la parte  que colinda con la calle de Bravo, siendo entonces presidente constitucional Adolfo López Mateos, quien vino a inaugurarlo.

Así mismo, contaba con hospital infantil y autoclave (aparato de esterilización), que a mí, particularmente me llamaba la atención; se esterilizaban el instrumental médico y los guantes, pues no existían ni guantes ni jeringas desechables. Dentro de las instalaciones también se contaba con una cocina  y comedor; anfiteatro, un patio por donde entraba la cruz roja  y un  jardín central, con una fuente de piedra.

Para todos aquellos quienes alguna vez tuvimos la necesidad de llegar a ese hospital, por enfermedad, por lesiones o por compañía familiar nos es muy grato recordar con mucho agradecimiento a todo el personal que laboró ahí, doctores, enfermeras, conserjes, afanadoras, cocineras, forense, personal administrativo, etcétera, etcétera; a todos ellos mi más grande reconocimiento y admiración por levantar un hospital enorme, donde se desarrollaron profesionalmente grandes personas y donde siempre había mucho por hacer por la salud de una sociedad que lo exigía.

Gracias al hospital civil por ser un cuarto más de mi casita o mi casa un  cuarto más del hospital y porque en él vivió muchos años la señora Heber López López, quien gracias a Dios era mi madre… Juan Manuel Canseco López.

Este, es un pequeño homenaje que nace del corazón de otro gran coatepecano, quizás bien poco para tanta noble labor, pero con la más grande admiración, respeto cariño y agradecimiento para todos los médicos y enfermeras que día a día salvan vidas y dan más oportunidades y mejores niveles de vida a muchas personas, para esos héroes anónimos.

 

Donde quiera que se ama el arte de la medicina se ama también a la humanidad”. Platón, filósofo griego. (427-347). 

 

e mail: normacarreterorojano@hotmail.com

 

 

 

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