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La esperanza que nos anima

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Sotero Domínguez Gómez[1]

La sabiduría popular no se equivoca cuando proclama la sentencia (de origen griego): “La esperanza es lo último que se pierde”. Por tal razón no exageramos al afirmar que si alguien  se mantiene en la esperanza tiene la posibilidad de conservar hasta la vida, pues la esperanza te da la opción de verla con otra perspectiva.

Muchos conocen los conceptos centrales de lo que Viktor Frankl escribió sobre la esperanza en su libro El hombre en busca de sentido: quien vive en esperanza tiene la posibilidad de ver salvada su existencia. Apenas terminada la II Guerra Mundial y después de vivir en carne propia los horrores del nazismo, Frankl plasmó su experiencia en esta obra internacionalmente famosa. No dudó en afirmar que la esperanza nos hace soportar lo insoportable cuando vemos por adelantado un bien próximo, sea en el sufrimiento de un campo de concentración o en cualquier otra verdadera calamidad.

Hasta aquí no se necesitaría tener un credo religioso para experimentar la esperanza, pero tampoco entonces se estaría muy lejos de creer; por eso Benedicto XVI en su Encíclica SPE SALVI facti sumus (En esperanza fuimos salvados), con una frase asombrosa, quiso aclarar que en muchas ocasiones los téminos esperanza y fe son intercambiables y se puede entender sin equívoco que “la fe es esperanza”, por lo tanto la esperanza equivale a la fe, y no podrían existir la una sin la otra.

“Abre nuestros corazones a la esperanza…” Así oraba el Papa Francisco por toda la humanidad, hace unos días, debido al momento angustioso de salud mundial que todos conocemos. Nos hizo recordar lo que en otro momento, durante una celebración de Domingo de Ramos, él mismo nos comunicaba con énfasis especial: “Nunca se dejen vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos!” (Homilía del Papa Francisco en el Domingo de Ramos 2013).

Tener esperanza y solicitar la fortaleza no es poco, porque ante las crueles adversidades y tribulaciones lo que más nos anima es una genuina Esperanza (con mayúscula) y una Fe probada “más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego” (I Pe 1,7).

Éste es el tiempo de la prueba pero también el de la oportunidad para estar fuertes en la fe; dichosos aquéllos que creen y que ponen su confianza en Dios, pero que al mismo tiempo -con los pies en la tierra- se responsabilizan de las realidades humanas.

Por supuesto, no hay que esperar sucesos y calamidades para reaccionar tan extraordinariamente; sin embargo ahora la realidad nos impele a dar respuestas creativas para solidarizarnos, de manera especial con quienes sufran más. Vemos, con gozo, cómo se han multiplicado -de manera poco común-  las iniciativas para la ayuda mutua en todos los aspectos que la situación exige y cómo se han dejado a un lado las polémicas impertinentes o innecesarias, porque no necesitamos babeles sofisticados sino comunión fraterna.

Más que nunca, necesitamos hoy una esperanza firme para seguir proactivamente en medio del actual infortunio, es decir no sólo reaccionando con impulsos ciegos sino con decisiones  convenientes para el bien de todos. Hay que ver hacia adelante y -desde nuestros propios medios y hasta limitaciones- buscar los modos de afrontar una situación de la que nadie tiene la culpa pero de la que todos tenemos mucha responsabilidad.No podemos bajar la guardia; hay que estar en alerta porque lo exige la agudeza y cronicidad de esta enfermedad convertida en desgracia.

Hemos celebrado la Semana Santa en circunstancias muy diferentes a las acostumbradas; mas esto no impide felicitarnos por la esperanza que nos anima. Y porque, como dice el Salmo 71, “Señor, Tú eres nuestra esperanza”, podemos unos a otros jubilosamente exclamar: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

 

[1] Rector de la Iglesia Ntra. Sra. de Guadalupe (Coatepec, Ver.)

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