LA FRASE QUE GANÓ VITRINA PROPIA EN EL MUSEO NACIONAL DEL CINISMO POLÍTICO: “YO SÍ TENGO PRISA”

por Angélica Cristiani
Hay escenas que duran segundos, pero retratan décadas enteras.
Hay políticos que chocan vehículos; otros chocan con la realidad. Ana Miriam Ferráez parece haber logrado ambas cosas, según el video difundido en redes donde se le observa tras un percance vial con un motociclista en Xalapa. La frase que quedó flotando como bache moral fue esa joya de clasismo portátil: “yo sí tengo prisa”. Como si el trabajador atropellado por la rutina y presuntamente por la reversa, viviera en el lujo tropical de no tener compromisos, hambre, horarios ni cuentas por pagar.
Una camioneta de lujo echándose en reversa en una calle angosta de Xalapa.
Un motociclista intentando defender su herramienta de trabajo.
Una diputada federal diciendo:
“Yo sí tengo prisa”.
Y de pronto, México entero resumido en una sola frase.
Porque mientras algunos viven corriendo detrás del poder, millones de ciudadanos corren detrás de la renta, del recibo de luz, de la colegiatura, de las medicinas, del último pedido del día para poder cenar. El motociclista no era solamente un motociclista: era el rostro cansado de este país que trabaja incluso enfermo, incluso triste, incluso roto.
Por eso indignó tanto.
No fue solo el golpe.
Fue el desprecio.
La sensación amarga de ver cómo ciertos funcionarios olvidan que llegaron al poder porque hubo gente abajo empujando sus campañas, pegando lonas, creyendo discursos, regalándoles algo muchísimo más valioso que un voto: la esperanza.
Dicen las abuelas que “el que se sube al ladrillo se marea”. Y algo pasa en la política mexicana que muchos llegan caminando entre la gente y terminan mirando al ciudadano como si fuera tráfico estorbando su camino.
Ana Miriam Ferráez, por desgracia, no apareció ayer. Ha sido diputada local dos veces, en ambos periodos no logró conocer el Reglamento de Tránsito y hoy ocupa una diputación federal. Ha hablado de derechos, de transformación, de cercanía con la gente. Pero la política tiene una costumbre peligrosa: confundir los discursos con las virtudes.
Porque se puede llenar una tribuna de palabras hermosas y aun así vaciarse por dentro de empatía.
Y ahí estuvo la verdadera reversa:
no la de la camioneta, sino la de la dignidad pública.
El Reglamento de Tránsito de Veracruz establece que quien circula en reversa debe hacerlo con seguridad, cediendo el paso y sin interferir el tránsito. Pero más allá de los artículos y las sanciones, hay algo todavía más importante que cualquier ley escrita: la conciencia de que un cargo público obliga a comportarse mejor, no peor.
Porque representar ciudadanos no es un privilegio aristocrático.
Es una responsabilidad moral.
Y mientras tanto Veracruz vuelve a ser noticia nacional… otra vez por sus políticos.
Qué tristeza tan profunda para este estado.
Porque hay gente levantándose todos los días para defender el nombre de Veracruz desde la cultura, desde el arte, desde las aulas, desde los cafés, desde los mercados, desde las cocinas, desde los pequeños negocios que sobreviven a puro corazón. Hay jóvenes tratando de cambiar la narrativa de un estado históricamente golpeado por la corrupción y la violencia.
Y luego aparece una des-funcionaria protagonizando un episodio de ignorancia pública y todo el esfuerzo colectivo vuelve a llenarse de lodo.
Porque no importa cuánto perfume se ponga una casa si la humedad viene desde adentro.
Y la humedad ya se nota.
Se nota en los políticos reciclados.
En los cargos heredados como si fueran apellidos.
En las suplencias cuestionadas.
En los portales de transparencia llenos de sombras. Porque sí: la transparencia sigue siendo un cuarto oscuro con foco fundido.
En la costumbre de rendirle pleitesía al poderoso mientras se ignora al ciudadano.
Muchos políticos se arrastran tanto para quedar bien con quienes están arriba que olvidan algo elemental:
Sus verdaderos superiores somos nosotros.
El pueblo.
La señora que vende tamales.
El joven que reparte comida.
El maestro que toma dos camiones.
La enfermera agotada.
La madre soltera.
El jubilado.
La estudiante.
La gente que sostiene este país mientras otros solamente administran el presupuesto.
Por eso este caso duele más de lo que parece.
Porque no estamos viendo únicamente una infracción vial.
Estamos viendo la consecuencia de años de indiferencia ciudadana, de votar sin revisar trayectorias, de normalizar el cinismo y resignarnos al “todos son iguales”.
Y no.
No todos deberían ser iguales.
Elegir gobernantes no debería parecerse a escoger el menos peor en una boleta cansada. Debería ser uno de los actos más serios de una sociedad democrática. Informarse, revisar antecedentes, exigir transparencia, observar cómo se comportan cuando nadie los está aplaudiendo… todo eso importa.
Porque el voto no es una selfie.
No es una porra.
No es un favor personal.
Es entregarles el volante de nuestra vida pública.
Tal vez por eso esta historia permanecerá más tiempo del que imaginan. No por el golpe a una motocicleta, sino porque simboliza perfectamente el momento en que muchos ciudadanos entendieron algo doloroso: que hay políticos que aprendieron a llegar al poder arrastrándose hacia arriba, pero una vez arriba, miran hacia abajo únicamente para exigir que el pueblo se quite de su camino.
Veracruz no merece funcionarios que se arrastren para quedar bien con el poder y miren con desprecio al ciudadano.
México no merece políticos que aprendieron a cobrar antes que a servir.
Y quizá ya llegó el momento de entender algo elemental:
Los gobernantes no salen de otro planeta.
Salen de nuestras decisiones.
De nuestra indiferencia.
De nuestra memoria corta.
O de nuestro valor para decir “ya no más”.
Porque un pueblo que no exige termina viviendo siempre en reversa.