FILOSOFIA PARA HORIZONTAL
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Por Jennifer Rodríguez Pacheco

Sal a darte cuenta de lo que está pasando en el mundo.

Qué cosas hay, qué está sucediendo realmente.

Las ventanas proyectan una visibilidad limitada: apenas dejan ver lo que está enfrente y dejan pasar fragmentos de ruido. Las pantallas, en cambio, pretenden contarlo todo, a gran escala, pero lo hacen desde la saturación. Nos muestran tanto que terminan por desconectarnos. Mientras tanto, la ciudad sigue hablando.

Estaba cansada de intentar comprender el mundo desde mi casa. Quería salir a entenderlo desde afuera, más allá de la pequeña parcela que conozco como realidad.

Salí a caminar en Coatepec. Siempre me ha parecido un lugar conocido. Desde la calle 3ª Miguel Rebolledo hasta el parque, un jueves a las tres de la tarde, la lluvia caía de forma tenue. No había neblina ni hacía frío, pero el cielo estaba completamente nublado. Con solo observar, podía deducirse lo evidente: hacia el final de la tarde, el día se volvería lluvioso. Ese tipo de conocimiento es sencillo de obtener sobre la realidad. Ojalá fuera igual de fácil anticipar el siguiente acontecimiento que interpelará al mundo.

Mientras caminaba, pasé frente a la antigua casa de mis abuelos. Ellos ya no viven ahí, pero esas calles las he recorrido durante más de veinte años. La memoria permanece. Casi a lado, la llamada “la casa del anciano”, hay un farol junto a la entrada, la barda de piedra, y ancianos sentados contemplando la tarde nublada, como si el tiempo no tuviera prisa. Unos pasos más adelante, el Hospital de Caridad luego algunos locales, y una cuadra después, el parque. Coatepec es pequeño, todo parece concentra en el centro. Como si la vida se concentrase en pocas calles. Aunque de verdad, huele a café que se está tostando.

En el parque, los expositores artesanos están instalados. El quiosco sigue cerrado. Hay gente caminando, simplemente está siendo. La vida ocurre sin necesidad de explicarla.

Si salgo a la calle, no veo titulares de noticias como en el mundo mediático; en el mundo vívido, eso se llama acontecer. Entender el mundo es paso a paso, primero, mirar bien lo que tengo enfrente, este pedazo también es el mundo.   

¿Por qué no mirar lo que está pasando del otro lado del mundo? -se podría reclamar-. Si hay guerras, luchas por la defensa del agua, reclamos de ecocidio a la puerta. Eso también es mirar al mundo. Pero entonces, ¿qué hago yo con mi existencia pequeña situada en Coatepec? ¿Cómo se resuelve eso? No es un cuestionamiento menor. Es una tención real que pone a prueba mi compromiso filosófico ¿Qué puedo decir del mundo si solo habito desde esta mente, y cuerpo situado en Coatepec? Un mundo en caos, y aunado a una crisis de existencia.

En todo esto hay una incomodad legítima, cargada de un peso moral. Y trae consigo dos salidas fáciles: evitarla, alejarse de las noticias y vivir la vida propia; o seguir el sentido de responsabilidad, sobrecargándome de información, sentir que es mi deber estar pendiente de todo. Pero el mundo no cabe en una sola mirada y no por eso tengo que dejar de ver lo que está enfrente.

La lluvia sigue cayendo en Coatepec. El quiosco continúa cerrado. El café sigue tostándose en alguna esquina. Y la gente camina. El mundo vive.

A este espacio no vengo a resolver el mundo, vengo a pensarlo y describirlo desde donde estoy. No soy reportera de guerra ni analista global. Pero esto no invalida mi relación con el mundo. Participo desde aquí, intento no dejar de hacer lo único que me corresponde: pensarlo. Y pensar, casi siempre es contra algo: la sobreestimulación de las pantallas, la pasividad e indiferencia, incluso la propia comodidad.

Así que el primer paso es entender el mundo interno, lo inmediato, que se tiene enfrente, lo que los ojos y la mente alcanza a percibir. Después, salir al mundo, y, por último, no dejar de pensar lo que se vive.