Crónica Coatepecana

RITOS MORTUORIOS Y OFRENDAS DE TODOS SANTOS

Comparte

 

Dr. Jesús J. Bonilla Palmeros

Cronista de la ciudad de Coatepec

 

A través de las crónicas e historias de los religiosos del siglo XVI, podemos adentrarnos en la serie de rituales que acostumbraban realizar las diversas sociedades indígenas, en torno al deceso de una persona. El propio fray Bernardino de Sahagún registró en sus escritos, los diversos tratamientos que se le daban al cuerpo del difunto, así como la serie de objetos y recitación de fórmulas, a fin de ayudarle a sortear los diversos peligros que le deparaban a la esencia espiritual del fallecido; en su trayecto al lugar que le correspondía.

            Entre los grupos indígenas se determinaba la disposición de ciertos objetos en los fardos funerarios con base en la condición social del individuo fallecido, aparte de aquellos que le correspondían en relación con sus actividades en vida, o las funciones desempeñadas en el ámbito religioso y/o político, en otros casos se colocaban algunos elementos simbólicos por la forma en que había fallecido. Todo el repertorio de accesorios que conformaban el ajuar funerario en el periodo prehispánico, se amplió con la difusión de la religión católica y las disposiciones de la misma en materia de ritos mortuorios; de tal forma que se mezclaron ambas tradiciones religiosas con base en un proceso sincrético.

            Actualmente entre algunos de los habitantes católicos de la ciudad de Coatepec, se mantienen una serie de prácticas sincréticas en relación con el amortajamiento de las personas fallecidas. En primer lugar el cuerpo se dispone de forma extendida y se les viste con ropa limpia, los brazos se disponen al centro del pecho con un crucifijo en las manos, teniendo cuidado de que no quede con la boca y ojos abiertos, en caso contrario no podrán descansar. En las manos se le coloca una vara de durazno con todo y hojas, según viejas consejas, reverdecerá cuando llegue el alma del finado a la Gloria, y junto una vara de rosas que entre más espinas tenga es mejor, sobre la misma mencionaban antiguamente que era para enfrentar a los “tres sustos”, cuando el cuerpo es sepultado en el panteón. Entonces el alma se enfrenta a una serie de  “malos espíritus” que quieren apoderarse de su esencia espiritual; de tal manera que la vara de espinas le permite defenderse y causarles gran dolor a las citadas entidades malignas.

El cuerpo se envuelve en una sábana que se compra con las religiosas y se  lleva a bendecir, aparte se recortan treinta y tres cruces de palma bendita (una por cada año que vivió Jesús), las cuales se disponen alrededor del cuerpo ya en el ataúd. También se le coloca a un lado, un pequeño “calabacito” lleno de agua bendita por si le da sed en su trayecto a la morada eterna, o bien tenga que usarlo para alejar a los espíritus malignos que le quieran atacar en el camino. Aparte se le coloca un puño de maíz y otro de frijol en paliacates separados y atados a manera de talegas con asa. Completa el viático, siete tortillas calientitas envueltas en papel de estraza y una servilleta; las cuales se ponen a los pies para que el alma del difunto se las de a los perros que le ayudarán a cruzar el “río Jordán”, último obstáculo para llegar a la región del descanso eterno.

Es sorprendente la pervivencia de una serie de prácticas de tradición mesoamericana, específicamente las que identifican a la sociedad nahua que dio origen al viejo asentamiento de Coatepec. Las cuales permiten en cierta forma, comprender la importancia que revisten las diversas ofrendas durante la temporada de Todos Santos, así como el orden de llegada que siguen las almas de los difuntos, misma que es determinada por la forma como fallecieron y no la dispuesta por la religión católica.

Durante la Festividad de Todos Santos en Coatepec, se disponen en el “Altar” diversos alimentos, algunos de ellos con marcadas reminiscencias de tradición indígena y otros que podríamos denominar de la “cocina mestiza”, en los cuales se combinan ingredientes de origen local y los introducidos a partir de la dominación española.

            En lo referente a las ofrendas en el “Altar” de Todos Santos, detectamos la pervivencia de ciertas concepciones de tradición indígena y/o su combinación con algunos dogmas católicos; de tal manera que la festividad reviste el desarrollo de prácticas sincréticas.

            Actualmente pervive en algunas familias Coatepecanas la costumbre de colocar las ofrendas de acuerdo con el tipo de alma que llega hasta el altar casero: el 28 de octubre vienen las almas de los ahogados, por tanto la ofrenda consiste en agua, una vela y algún alimento que les haya gustado en vida. El 29 le corresponde a los “matados”, a los cuales solo se les ponía agua, vela y un platito de harina, al respecto mencionan las personas ancianas, que la harina es para que comulguen los “matados” por la forma violenta como fallecieron. A los niños del Limbo, el día 30 les ponen su vela dentro del vaso con agua bendita y platito con un poco de sal, según decía la gente era para que ellos mismos se bauticen y alcancen algún día la Gloria.

            A los “difuntos chicos” que llegan el día 31, la ofrenda consiste en cosas dulces, antaño se hacían unas pepitorias con panela sobre pedazos de hoja de plátano o papel de estraza, aparte se ponían figuras de gallitos modelados en pasta de jamoncillo, o la figura de un borrego en referencia a la imagen Cristológica, costumbre que ya desapareció en la mayoría de las casas. No podía faltar el dulce de guayabate  con su banderita de papel picado o un rehilete en carretitos de viruta, los tejocotes en dulce, la calabaza de castilla con panela, el manjar de leche, y los tamales de dulce o frijol. A los niños se les ponían velas de parafina en colores azul o rosado para diferenciarlas de las blancas que correspondían a los del Limbo.

            El día primero de noviembre es dedicado a los “difuntos grandes”, para ellos cosas picosas: mole, arroz, chiles rellenos, salsa de chile seco con carne de cochino, pipían, tamales de carne con chile, pan de manteca y huevo, aguardiente, cervezas, chocolate, atole, y una diversidad de alimentos dependiendo de lo que les haya gustado en vida. En lo referente al “ánima sola”, es la que ya no tiene familiares en este mundo y llega el día dos, por tanto les corresponde de ofrenda, lo que no se quisieron llevar las otras ánimas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *