SOBRE LAS NARRATIVAS QUE HAY EN MI MENTE: INVITACIÓN A LA ESCRITURA

FILOSOFIA PARA HORIZONTAL
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Por Jennifer Rodríguez Pacheco

Todos hemos pasado por eventos canónicos que nos impulsan a hacer o cambiar algo, como una forma de catarsis o sublimación.

A tres días de haber iniciado el año, me sucedió algo que me llevó a escribir todos los días. Desde entonces, he tenido un vínculo muy estrecho con la escritura. Y no, no fue un acontecimiento extraordinario:  no fui a la guerra, no tuve una enfermedad terminal, ni sufrí un accidente, ni siquiera un encuentro cercano a la muerte.

Mi evento canónico podría sonar ridículo: me quitaron la muela del juicio.

Una intervención de lo más convencional, a la cual ya me había sometido antes. Pero esta vez sufrí.  Yo, que me consideraba alguien con un umbral de dolor alto. No dejé de llorar durante la cirugía. Nunca había experimentado una desesperación así. Pensaba que había soportado grandes dolores – los del alma-, pero un dolor físico de esa intensidad, no.

Todo se intensificó por la desesperación de que se estaba complicando, pues la dentista y su asistente llevaban dos horas intentando extraer la muela y simplemente no salía. Veían mi cara de desesperación y solo limpiaban mis lagrimas y la sangre de mi boca. Me vieron tan mal que solo me quitaron una y ni tocaron la segunda; yo estaba aterrada.

¿Y por qué cuento esto? Porque no solo fue lo que ocurrió, sino la narrativa que se activó en mi mente, la cual no ayudó con la extracción.

Llegué a mi casa consternada, a llorar. Para mí, había sido un evento traumático. Pero entendí algo, que la única forma de callar esa narrativa era escribirla. Cuando lo hice, dejó de ser tan terrible. Seguía habiendo dolor físico, sí pero ya no esa tortura mental. Y entonces lo vi con claridad: no era para tanto.

Desde ese día, entendí lo mucho que retribuye escribir, es decir, ayuda a calmar lo que pesa.

Sin embargo, podría parecer que esta columna cae en un exceso de subjetividad, como si se tratara de un “viernes” de confesionario. Recuerdo que, en mi primera nota, declaré venir a este espacio con la pretensión de hablar con la verdad. Y quizá lo que ha ocurrido, más que objetividad, ha sido una transparencia del pensamiento, de aquello que vivo, que deja me pensando, y me impulsa a compartir mi punto de vista: esta sección de la realidad permeada por el “yo”.

En ese sentido, escribir también es comprender lo que nos habita y se expresa en la palabra, la cual ayuda a ordenar el caos interno. O como dice Anaïs Nin: “escribimos para saborear la vida dos veces”, y como alguna vez escuché: “aun sabiendo que puede ser un sabor amargo”.

Rosario Castellanos, en Cultura femenina, habla acerca de la relación histórica que la mujer ha construido con la escritura y de la importancia del pensamiento reflejado en esta acción. Dice que es un refugio, pero también una forma de sintonía. Cuando hay caos mental, escribir permite ordenar, dar claridad y, sobre todo, nombrar aquello que pesa.

Para mí, escribir ha sido descubrir o detectar narrativas en mi mente que muchas veces son negativas, pero también ayuda a comprenderlas. Incluso fomentar aquellas que son buenas, las que conducen a pensamientos más fructuosos, a diferencia de las narrativas rumiantes.

La poesía misma cumple esa función catártica: es un desbordamiento inmediato de la emoción, un quejarse cuando algo duele —dice Rosario Castellanos—, así como se canta cuando se está contento.

He de confesar que, a veces, cuando escribo, temo ser señalada como narcisista. Aunque no es algo solo mío, pues no sería la primera mujer a la que se le presenta este problema. También está el riesgo de ser juzgada por la aparente simpleza de los temas o por una supuesta falta de profundidad. Por eso aclaro: la historia no solo habla de mí o de la muela. Es sobre lo que ocurre después, sobre lo que se revela. Sobre cómo, a partir de un estímulo exterior, se despliega una forma de comprender el mundo y las narrativas que nos hacemos de él.

A la literatura uno puede acercarse como a una puerta para salir del propio encierro, para romper el círculo de la individualidad. Como escribe Castellanos, se trata de evitar que “la serpiente del pensamiento, del sentimiento, de las sensaciones, se muerda la cola”.

Así que le invito, querido lector, a escribir por todo aquello que le pesa; no importa si se trata de un dolor de muela o del alma. En la práctica se descubre el propio estilo, que no es otra cosa que una forma de mirar el mundo. El estilo es, al final, un punto de vista: una manera de habitar la realidad y ponerla en palabras.