UN SIGLO Y UN OCÉANO DE DISTANCIA.

Por Jorge Vela
En esta fría mañana, en la cual nos reunimos para conmemorar el natalicio de la hija predilecta de Coatepec, también vale la pena recordar lo que pasó hace una centuria, en el lejano año de 1926. Las calzadas coatepecanas experimentaban el paso de los primeros automotores, que hoy son tan comunes de ver; las relaciones entre el Estado Mexicano y la Curia Católica se tensaron; y en la distante península ibérica, España languidecía bajo la dictadura del general Primo de Rivera. Era una época de cambios para todos los mexicanos, no sólo para los de aquí, sino también los de allá, los que habitaban a un océano de distancia.
María Enriqueta Camarillo y Roa, junto con su esposo, el historiador Carlos Pereyra, llevaba tiempo residiendo en Madrid. Su azarosa vida, al fin, tomaba un rumbo más estable, gracias a la esforzada labor que emprendieron en la escena cultural de aquella capital europea. El exiliado matrimonio escribía por pasión, sí, pero sobre todo para llevar el sustento al hogar. La estabilidad económica derivada de sus triunfos literarios les permitió adquirir, un año antes, en 1925, una casa que, por mucho, era más amplia y más hermosa que su pequeño apartamento en el centro de Madrid. Para María Enriqueta fue como un respiro de aire fresco, un refugio cuyo jardín de abundantes flores le recordaba a la exuberancia de Coatepec, su tierra natal.
En 1926, aquella “Villa de las acacias”, -como la bautizó la poeta-, vio nacer sus primeros frutos. Don Carlos culminó la serie enciclopédica Historia de América, en tanto que nuestra estimada María Enriqueta envió a las prensas tres títulos: Álbum sentimental, Enigma y Símbolo, y El Misterio de su Muerte. El encargo realizado por la casa editorial “Espasa-Calpe” sólo reafirmaba su sitio privilegiado en el gusto de miles de lectores, así como su título de gloria de las letras hispanas.
A pesar de los cambios, algo permaneció inalterado, el amor que María Enriqueta le confesó a Coatepec, tierra de las magnolias, a la cual consignó en sus múltiples narraciones, incluidos los impresos en ese año de 1926; es por ello que hoy me congratulo al vernos aquí reunidos a un siglo y un océano de distancia para recordar con cariño y admiración a María Enriqueta, hija predilecta de Coatepec, insigne poeta y novelista genial. Muchas gracias.
Discurso ofrecido la mañana del 19 de enero de 2026, en honor a María Enriqueta a 154 años de su nacimiento y un siglo de publicar Álbum sentimental, Enigma y símbolo y El misterio de su muerte.