FUEGO EN LA GASOLINERA

Rafael Rojas Colorado
Como muchas otras parecía normal la noche del 30 de mayo del año 2002. Me disponía a cenar, pero incesantes voces que provenían de la calle me obligaron a asomarme. Las personas que logré visualizar caminaban apresuradas y salí para enterarme de lo que les sucedía. Pronto llegó el rumor a mis oídos ¡la gasolinera se estaba incendiando! Toda la gente expresaba palabras alusivas a una posible desgracia.
Antes de evaluar la magnitud del peligro traté de controlar mis emociones; en sí la gasolinera estaba ubicada a no más de doscientos metros de mi domicilio, si en verdad explotara, no viviríamos para contarlo terminando el suceso en una tragedia.
Subí a la azotea de la casa de un familiar y de inmediato atestigüé la amenazante llama que se erguía en el centro de dicha gasolinera. Pasaba de las siete de la noche y el entorno iluminado por la flama formaba un resplandor que parecía anunciar una inevitable explosión. Si el accidente llegase a su máximo punto, con toda seguridad, Coatepec quedaría como si hubiese sido bombardeado por un escuadrón de aviación, pensé mientras el temor comenzó a invadir mí cuerpo.
En mi mente se dibujaban casas e inmuebles históricos destruidos, cientos de muertos entre niños, adultos y ancianos, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza mientras en mi pensamiento cruzaban sucesos oscuros, por un momento me quedé anonado observando el siniestro. Me baje de la azotea apresuradamente y fui a mi casa, llamé por teléfono a uno de mis hijos que manejaba de Xalapa a Coatepec ¡detente en algún lugar!, pero no vengas porque el pueblo está a punto de quedar destruido, sin más explicación colgué el auricular.
Subimos al coche mi esposa y mi hijo menor, pero reaccioné, viajar en automóvil para alejarse del lugar de peligro se tornaba mucho más difícil por algún posible embotellamiento, así es que preferí dejar el auto, aunque mal estacionado, obstruía el portón de un vecino, pero en esas circunstancias es lo que menos importa.
Mi esposa, hijo y yo después de salvar algunos contratiempos, por fin llegamos al parque, por un momento nos sentimos seguros, aunque a la gente que por allí transitaba se le reflejaba el miedo en el rostro, todo el pueblo estaba en movimiento. Aunque con su manto de estrellas la noche se veía oscura. El entorno se comportaba tenebroso, parecía participar de la preocupación y el miedo que embriagaba a los ciudadanos en esos instantes de angustia y crisis nerviosa. Siempre se había pensado que si la gasolinera explotara Coatepec quedaría destruido por completo, solo se trataba de suposiciones, pero ahora esos presagios ya eran una realidad.
Yo intentaba tranquilizarme para no alarmar a mi familia, pero en mi interior todo estaba en erupción, mis emociones clamaban la misericordia del todopoderoso y con impotencia miraba a mi esposa y a mi hijo sin poder tranquilizarlos por completo.
Los minutos transcurría, serían cerca de las nueve de la noche cuando vimos el cielo como se iba tiñendo de color rojo-amarillo y negro, parecía venirse sobre todos nosotros ese manto en llamas para abrazarnos y calcinarnos por completo, fugazmente recordé una película de Rambo, se trataba de los mismos efectos, con la diferencia que aquí el escenario era natural. Todo mundo corrió en diversas direcciones, cada cual, buscando la mejor salida para alejarse del peligro, nosotros lo hicimos buscando una orilla del pueblo, finalmente, llegamos a un alejado barrio y un amigo nos abrió las puertas de su hogar. Encendió el televisor y a través de la pantalla chica, nos dimos cuenta de la valiosa labor del cuerpo de Bomberos, Protección Civil, personal de tránsito y todas las fuerzas que están preparadas para enfrentar los siniestros que pone en riesgo la seguridad de la población, la televisión trasmitiendo el llamativo accidente. Las llamas que se elevaban parecían demonios que, a toda costa, deseaban castigar a los que las desafiaran y vaya que, si lo consiguieron, cobraron la vida de seis personas que trabajaban en esa gasolinera, que puso en peligro de exterminio a nuestra población.
Es bíblico que después de la tempestad viene la calma, cuando el fuego fue sofocado y se midieron las desgracias humanas y materiales, entre el clímax de la tristeza y las lágrimas por lo sucedido y lo que pudo suceder, se manifestó la presencia de la solidaridad de los ciudadanos, que mostraron la fuerza de la unidad, el calor humano, los valores y virtudes que caracterizan a nuestro pueblo, para enfrentar cualquier adversidad de la vida,
Esta experiencia flotará por siempre en el recuerdo de los naturales, como una difícil y lastimosa vivencia que cambió el curso de la vida en las personas que lograron valorar el verdadero significado de la vida.
La noche del 30 de mayo del año 2002, será imborrable en la memoria colectiva del pueblo coatepecano.