SOSPECHAS DEL UNO

Por Jennifer Rodríguez Pacheco
La sospecha continúa… de que este mundo no es el verdadero, y que hay una promesa mayor.
La inquietud es esta: lo que vemos no es lo real, porque hay algo que nos supera y que tenemos la ambición de que sea más perfecto que nosotros.
Como he dicho antes, hay un problema que atraviesa nuestra forma de percibir la realidad, que hay algo no termina de convencernos. Como si detrás de esto hubiera algo superior a nosotros y por ende, perfecto. ¡Este mundo no puede solo acabar aquí!
En distintas tradiciones mencionadas hay un problema que atraviesa nuestra forma de conocer el mundo, e incluso ideas de que existen principios superiores que superan nuestro entendimiento. Ahora, en la filosofía griega, esta inquietud no solo se repite, sino que ofrece una respuesta sistematizada para explicar la realidad.
Como dice el ateniense, esta realidad solo es la “copia de la copia”. Esto quiere decir que habitamos el mundo de manera imperfecta. Lo que damos por evidente —los cuerpos, los objetos, los conceptos, incluso nosotros mismos— participa de algo más: de su versión perfecta.
La pregunta nos ha perseguido como seres humanos: ¿de dónde venimos? ¿Y a dónde vamos? No es una pregunta de biología ni religiosa, sino filosófica; por el intento de comprender el origen y el destino de todo lo que existe. Y la respuesta es en su sentido más transcendental.
La filosofía griega responde a estas preguntas buscando un principio que explique la realidad, no con algo cambiante, sino la propuesta de algo permanente que cubra la esencia de todas las cosas. En este sentido, se propone el Uno como principio que explica toda la realidad.
Todos los seres en la realidad provienen del Uno. Todo lo que existe está subordinado a este principio. Lo que vemos en el mundo – lo múltiple, lo que tiene un tiempo de vida limitado- no es más que una versión degradada de lo que es la perfección.
Al decir “Uno”, no se hace referencia a un número en un sentido matemático, ni una creencia de numerología. Se trata de un principio simple, autosuficiente, que no necesita de nada para existir y que, sin embargo, da existencia a todo lo demás.
Tampoco se trata de un Dios en un sentido humano, como plantea el cristianismo: una figura con forma, voluntad y acciones similares a la nuestra. Más bien, se trata de principio básico, pero del que resulta más fácil decir qué no es como lo que es, porque cualquier intento de definirlo lo limita.
Asimismo, como se ha planteado antes: Dios, el Uno, el Tao, el Brahman; van a estar más allá de cualquier concepto, comparte de las características de que son inefable, porque van más allá de nuestra comprensión humana.
Todo esto podría parecer una forma mística, pero en realidad es filosofía.
Al retornar a ese principio –al Uno– todo se fundirá nuevamente con la unidad: lo eterno, lo completo, la verdadera forma de la cosa. Como dirá Platón, regresar al mundo de las ideas, donde se contemplan las formas perfectas.
La inquietud permanece. Si todo proviene de una unidad perfecta, ¿por qué solo vemos su versión chafa?
Aunque en esta sospecha de que lo visible no lo agota todo, también hay una esperanza, destellos que nos permitirán saberlo. No ver la luz directa, pero sí el reflejo de belleza perfecta. Una luz tenue que no ilumina del todo, pero sí alcanza a romper la ilusión de que lo vemos todo. Es apenas una claridad suficiente para sospechar que hay algo más y buscar certeza.